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Todo el mundo ensalza el Londres cosmopolita, menos algunos que huyeron de él porque era (demasiado) cosmopolita. No es gente moderna ni muy refinada; sus gustos no congenian con los de la gente más cultivada; son o pueden parecer xenófobos. Desempeñan a menudo trabajos manuales, rutinarios o corrientes y dejaron los estudios siendo muy jóvenes. Viven en lugares tan dispares como Ruislip o Canning Town (son los nombres de dos distritos de Londres, uno en el oeste, otro en el tradicionalmente pobre East London).

Un Londres plural, diverso y multicolor no lo sienten como propio. No les molesta necesariamente el africano o el musulmán, pues un día quien les saca de quicio es un francés que mantiene una conversación telefónica en el metro… o un grupo de españoles viva voce. Tantos idiomas cansan. Les puede disgustar el olor a especias que domina ciertas calles, pero tanto o más que el pub local, el de toda la vida, haya quedado arrinconado por sofisticados y caros lugares para gente con más dinero y de costumbres exóticas. En fin, que se van. En este vídeo puede verse a varios de ellos instalados en Chipre.

Ellos son emigrantes –se ven obligados a admitirlo– pero “ellos” contribuyen a la economía del país y no piden a los huéspedes que les mantengan. No quieren volver. “Es un país diferente ahora; ya no es mío”, sentencia un antiguo fontanero.

Ahora viene este sujeto de la fotografía y afirma que están en lo cierto. Él es de clase media-alta, un intelectual y un liberal de izquierdas, pero dice que les entiende. Queda muy bien hablar de los vínculos personales y que la gente se precie de su localidad (I’m a Londoner), pero mal hacerlo de la nación, que ha dejado de ser reconocida como parte de lo que uno necesita para sentirse en casa y eso –defiende él– no ayuda mucho a la gente.

Estás acostumbrado a vivir –alega este sujeto– en un lugar en el que la gente como tú marca el tono. Muchos, si bien no todos, estarían contentos si hubiera una minoría significativa, digamos un 20 o 30%; a esos mismos no les gusta, sin embargo, vivir en un lugar en el que tú eres la minoría. Se van y él les comprende. “¿Acaso no somos todos seres humanos?”, responden los miembros de lo que él llama su tribu política (gente bien colocada, bien parecida, bien relacionada). Esta respuesta y este reproche le parecen banales e insípidos. No le molesta el progreso de las minorías, a cuyos líderes imagina en el futuro ocupando las más altas posiciones, pero cree que la migración debe ser reducida y, en particular, que Londres no puede pasar de siete a quince millones en los próximos cinco o diez años.

Se trata de David Goodhart, antiguo director de la revista Prospect y hombre prominente en el think tank Demos (pueden leerse un artículo sobre él en el London Evening Standard y un artículo suyo en The Guardian).

Rafael Aliena

Fotografía: London Evening Standard del 28 de marzo de 2013

Vídeo: BBC

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  1. […] y los que ya los habitan. Estos días sin ir más lejos nos deteníamos en testimonios de algunos de los que se fueron. A ellos, y pese a que por su inmovilidad pueda resultarnos paradójico cuando hablamos de […]

  2. […] Legrain escribe contra Goodhart, aquel que acompañó el vídeo de mi país ya no es mi país, en su libro Inmigrantes. Tu país los necesita. Un sujeto de clase media-alta, un intelectual y un […]

  3. […] nuestra opción (entradas anteriores: una, dos y tres) con la ayuda de dos grandes pensadores y escritores. “Isaiah Berlin [1909, 1997, el […]