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La experiencia de España con la inmigración ha sido excepcional. De un millón y medio de inmigrantes pasamos a seis y medio, en el intervalo entre 2000 y 2009. Hemos padecido una dura crisis económica y altísimos niveles de desempleo y no ha habido una reacción masiva en su contra. Se lo explicaba hace poco Joaquín Arango al mundo entero, en una publicación del Migration Policy Institute de marzo de 2013. Arango es director del Centro de Estudios sobre Migraciones de la Fundación José Ortega y Gasset.

La inmigración es vista desde el ángulo laboral: gente que viene a trabajar y que seguramente se irá, o no. Lo importante es que aquí aún no ha transcurrido el tiempo suficiente para que hayan acudido todos los familiares y se haya constituido una segunda generación masiva, con problemas de arraigo o resentida, desleal al país de acogida.

Por otro lado, la sombra del franquismo es alargada. Cuando un país sale de una experiencia así, se muestra más sensible a las libertades y más temeroso de las opiniones o acciones que puedan parecer autoritarias o discriminatorias. Los grupos de defensa de los inmigrantes son, no hay que olvidarlo, activos y eficaces.

¿La excepcionalidad es, entonces, que no ha habido un rechazo xenófobo o que los inmigrantes se han integrado bien y que el país ha dado muestras de éxito en este capítulo? Para esta publicación, para su autor, en ese escrito, lo primero.

¿Y el futuro? Los científicos sociales saben que se espera de ellos augurios y lo intentan. No estamos muy seguros de si con fortuna. El avance de algunos políticos xenófobos en Cataluña, el ascenso al gobierno de un partido liberal-conservador (el Partido Popular), su reforma de la cobertura de la sanidad y poco más no parecen signos premonitorios de ninguna catástrofe. Con todo, ya veremos: el tiempo tiene la manía de durar mucho.

Rafael Aliena

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