Teléfono (34) 963 26 26 00 Móvil (34) 605 851 519

image_pdfimage_print

Quizás hay algo que nos lleva a no querer explicar siempre la migración como producto de una tragedia ni entenderla siempre en esos términos, algo que nos hace resistirnos a aceptar la idea de que la movilidad humana viene motivada en última instancia (hablando en términos de ciudadanía y de migraciones) por la percepción de que las aspiraciones propias no van a poder ser alcanzadas en el lugar donde se vive o de donde se procede.

Sin embargo, cuando miramos la foto grande, cuando adoptamos una perspectiva amplia o cuando nos acercamos a las historias de vida de los emigrantes, nuestra resistencia parece más una consecuencia de la obstinación que una corroboración a partir de los hechos: la migración, incluso aquella que podemos calificar como “voluntaria” (frente a otras formas “forzadas” como el exilio) supone la búsqueda de mejores oportunidades, y no resulta tanto fruto de la libertad de elección como del imperio de la necesidad.

La de hoy va de valencianos. Nuestra vocación es internacional pero nuestra ubicación física sigue siendo local, y en cualquier caso se trata de un ejemplo más. Valencia –y España por extensión– ha sido históricamente un territorio de emigrantes, tendencia que comenzó a cambiar en los años 80 con la vuelta de los emigrantes y el saldo migratorio positivo aportado por el número progresivamente creciente de inmigrantes extranjeros. Sabemos que la tendencia se frenó e incluso se invirtió recientemente (el saldo migratorio en España es negativo desde 2010).

Los valencianos jóvenes se ven en la tesitura de salir al extranjero, aquí sencillamente no hay trabajo (la tasa de paro entre los menores de 25 años en la Comunidad Valenciana en el primer trimestre de 2014 es de 62% [sic]). Con un mercado de empleo arrasado y estéril, el territorio, sencillamente, te escupe.

De manera similar, si bien salvando las distancias que supone el bienestar actual, lo debieron vivir todos aquellos valencianos y valencianas que emigraron hacia los Estados Unidos de América a principio del siglo XX.

Nos hacemos eco aquí de dos proyectos: uno, el del periodista Juli Esteve enfrascado en la elaboración del documental Valencians a Nova York. La entrevista que enlazamos nos habla del proyecto, al tiempo que recoge el testimonio de valencianos jóvenes que residen actualmente en la Gran Manzana.

El segundo de los proyectos es el documental titulado La paella de Daniel Albert, incluido en una serie más amplia dedicada a los inmigrantes españoles que se dirigieron también a los Estados Unidos, durante el último tercio del siglo XIX y el primero del XX, cuando el Atlántico se cruzaba en barco y nadie había soñado siquiera con la mensajería instantánea.

Ángel Polo

Los comentarios están cerrados.