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Una nacionalidad o nación desea que sus inmigrantes, a los que llama nouvinguts (recién llegados, incorporados a nuestra sociedad, nuevos residentes), se integren en un pueblo que tiene una cultura y una lengua comunes. El inmigrante en Cataluña debe tomar decisiones difíciles. ¿Invierte o no en estudiar su lengua, en darle prioridad a ello y en conocer a fondo su cultura, suponiendo que sea algo totalmente apartado de la cultura “española”? Quizá esté de paso, quizá tenga conciencia de la potencia mundial del español, quizá no desee impregnarse tanto de una cultura y una lengua que, aunque ricas y antiguas, están hoy muy cargadas de política y son fuente de malentendidos y problemas de convivencia.

“Todos somos catalanes, vengamos de donde vengamos”. “Uno es ciudadano del país en donde vive”. Se trata de “convertir a los nouvinguts en catalanes, con todos los derechos y todas las obligaciones”.

Una lealtad hacia el país de acogida y una voluntad y capacidad para participar en diferentes ámbitos (lo cual se ve facilitado prima facie por el dominio de la lengua que más se hable en un territorio; en principio, decimos, porque no todos los grupos humanos se comportan del mismo modo), han sido predicadas en Migraciones y Ciudadanía como indicadores de la integración ciudadana. En asunto de lealtad, no obstante, hemos hablado de lealtad básica (a pesar de su indeterminación, no es difícil ver que este adjetivo sirve como barrera para los que quieran ir más allá, hacia compromisos fuertes o muy fuertes). Ahora que reflexionamos sobre el resto, añadiremos con gusto que esa voluntad y esa capacidad para participar pueden ser perfectamente tenidas como instrumentos (herramientas que hacen más rica, grata o fácil la vida) y no como marcas de identidad.

Aun quien entienda por qué muchos catalanes están embarcados en un proyecto que afirma su identidad nacional separada, se preguntará si este discurso no es demasiado asimilacionista, cuánto tiene de intercultural, si no suena poco adaptado a los tiempos que corren. ¿Qué diríamos de un “Todos españoles, vengamos de donde vengamos”?

Las comunidades humanas tienen derecho a “cerrarse”, pero no es fácil hacerlo cuando uno lleva abierto muchos años. El asimilacionismo es una opción, probablemente mejor de lo que suele darse por sentado en muchos círculos, pero no es empresa segura cuando un territorio ya cuenta con varias lenguas, culturas, estilos de vida, etc. Es desde luego el proyecto de una Cataluña independiente, pero ¿y si esa entidad no llega a existir?

Por otro lado, ¿qué pensar de la vacuidad de los discursos oficiales, de éste y de tantos otros, aquí y allá? No deben, por definición, arriesgar demasiado, pero es que, por cautos, incurren en la mayor de las vaguedades. “Uno es ciudadano con todos los derechos y todas las obligaciones” es afirmación vistosa, robusta, mejorada (antes solamente se hablaba de derechos), pero abstracta y liofilizada.

Por otro lado, se adivina que los interlocutores querrían hablar de emociones políticas (el amor a la patria), de señas de identidad (la lengua y la cultura) y de otros asuntos igualmente legítimos y probablemente más humanos e interesantes. De ser así, si ésta fuera su preocupación principal, estarían hablando como juristas (cuando lo que queremos son políticos y, si se nos concede la gracia, líderes), disfrazando esto de abstracción (derechos, obligaciones, pero ¿cuáles?) y envolviéndose con la capa de otros lenguajes ajenos (más bien republicanos). ¿Acaso quienes hablan en el vídeo pueden negar que una parte de esas obligaciones es, para ellos, la de aprender la lengua propia y sentir un poco de amor por la nueva patria?

Dos corolarios, a elegir. Todos deberíamos hablar más claro. Si así fuera, nos entenderíamos mejor. El segundo, el opuesto: ya está bastante confusa la cosa y ya se hallan suficientemente enfrentadas las opciones y estropeada la convivencia, como para que levantemos más polvo. Me inclinaría por la primera (hablemos claro) si este país no fuera tan ruidoso e incivil y si el corro que hemos dispuesto para conversar sobre ello con libertad y tranquilidad no estuviera en el justo lugar en el que se prevé que se topen dos manadas de cuadrúpedos en estampida. En ese contexto, nadie concede a nadie el beneficio de la duda. En la guerra, la contradicción, la paradoja y la búsqueda de la verdad o del ajuste mutuo no son bienes muy apreciados.

Rafael Aliena

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