Teléfono (34) 963 26 26 00 Móvil (34) 605 851 519

image_pdfimage_print

“Para nadie es un misterio que las desigualdades han aumentado en forma explosiva”. Pierre Rosanvallon comienza uno de sus artículos con esta oración y dibuja dos alternativas, una apetecible, la otra, no. La primera, la que él rechaza, es volver a fines del siglo XIX, a la época de la primera globalización y del nacionalismo agresivo, de la xenofobia y del proteccionismo basado en un concepto puramente negativo de la igualdad. La proximidad se definía como el hecho de pertenecer a una comunidad y por el rechazo de la alienación que crea la modernidad y el capitalismo.

Rosanvallon acude a la figura polifacética del francés Maurice Barrès (1862-1923), quien lo expresó crudamente: “La idea de patria implica un tipo de desigualdad, pero en perjuicio de los extranjeros”. En otras palabras, se trataba de aproximar más a (algunas) personas explotando una relación de desigualdad. A juicio de Barrès, esta igualdad negativa en relación con los extraños, se fortalecía por el deseo de organizar otra comunidad de los rechazados, esta vez una comunidad interna y no externa, a saber, “el mundillo de los desconocidos”, de los modestos capitalistas y obreros unidos contra los poderosos y los “señores feudales”.

Un paréntesis de un par de párrafos. Los extraños, en el caso de Barrès, no eran los inmigrantes y sí los que no eran franceses y de una manera muy especial, los alemanes, militaristas y poco de fiar, quienes recibían toda la virulencia de sus palabras: “Si se quiere –escribió en 1918– que los alemanes dejen de ser semihumanos y esclavos, capaces de cometer con perfecta disciplina los peores crímenes, una mano más fuerte que la de sus jefes tiene que atrapar a esos jefes y llevarlos delante de los tribunales, para que allí, con toda publicidad, con las necesarias garantías jurídicas, sean juzgados y condenados ante los ojos del mundo entero” (encuentro estas palabras suyas en la novela Burgueses y soldados, de Alfred Döblin, pág. 384).

Los iguales eran, pues, los franceses, pero, sobre todo, ciertos franceses. Barrès se movió entre la izquierda y la derecha y mostró un firme rechazo de la plutocracia, de “los señores feudales” y del orden oligárquico, algo que es muy propio de cierto populismo, y muy característico también de los períodos de posguerra. Asunto –añadimos– que es muy actual.

Lo que distinguía al proteccionismo nacional –continuamos con Rosanvallon– era el hecho de que representaba un caso extremo, el resultado de una polarización drástica tanto de la identidad como de la igualdad. Asimismo, simplificaba al máximo lo social y de esta manera reducía la idea de igualdad al solo aspecto de pertenecer a una comunidad, que por su parte se reducía a una definición negativa (“no extraño”).

rosanvallon

En rigor, admite Rosanvallon, para constituir una identidad siempre hay que demarcar, separar, establecer una especie de efecto de reflejo. Los biólogos han observado la forma en que el ser se constituye mediante el reconocimiento del no-ser y la inmunología estudia los mecanismos mediante los cuales ello ocurre. Pero la identidad –defiende él– debe vincularse con una idea adecuadamente positiva de una existencia compartida para producir un sentimiento democrático de pertenencia. Esto es lo que distingue la nación revolucionaria de 1789 de la nación nacionalista del siglo XIX. La primera tuvo que ver con la formación de una sociedad de iguales, pero la segunda concibió la integración únicamente en el modo no político de fusión de personas para formar un bloque.

La identidad es demarcación y, como tal, separa y necesita del nosotros y ellos (“efecto de reflejo” escribió Rosanvallon), del ser y el no-ser. Es posible incluso que, como defiende nuestro admirado Walzer, “la peculiaridad de las culturas y los grupos dependa de un ámbito cerrado”. Pero esta identidad, insiste Rosanvallon, y aquí repetimos sus palabras, “debe vincularse con una idea adecuadamente positiva de una existencia compartida para producir un sentimiento democrático de pertenencia”. Ese es el reto, inmenso. Que haya identidad, que haya sentido de destino común y que haya sentimiento democrático de pertenencia, y ahora sí nosotros –no Barrès y no Rosanvallon, sí Walzer– hablamos de nacionales y extranjeros inmigrantes.

Rafael Aliena

 

Fuente imagen: Maurice Barrès, hispanista, entre otras muchas cosas, contemplando Toledo. Cuadro al óleo de Ignacio de Zuloaga y Zabaleta (1913), Museo Lorrain, Nancy.

Los comentarios están cerrados.