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La cooperación está dañada pero admite reparación. No es un jarrón chino de la era Qianlong que, hecho añicos, hemos de recomponer en su integridad para dejarlo como estaba. Sería como echar atrás y vivir la vida de nuestros abuelos; como dijo el matador, no puede ser, y además es imposible. Como piensan muchos, no puede ser, y además ¿quién lo desea?

La reparación de la cooperación será posible –al entender de Richard Sennett– si aprendemos a trabajar con la resistencia (no contra ella) y si, cuando hace falta, dejándonos llevar por las exigencias de la materia y por la improvisación, buscamos la reconfiguración de la misma (que no su restauración ni su rehabilitación).

El músico Sennett sabe –eso parece– mucho del trabajo manual. Está convencido de que el trabajo físico puede crear conducta social dialógica. Los artesanos expertos en la producción de cosas, a su entender, desarrollan habilidades físicas aplicables a la vida social. Pensar en estas habilidades nos ayuda a comprender mejor qué son las relaciones sociales. Leámosle (págs. 295-300).

El artesano sabe algo importante en lo tocante al trato con la resistencia: que no debe luchar contra ella, como sería el hacer la guerra a los nudos de la madera o a la piedra demasiado dura; lo más eficaz es emplear la mínima fuerza posible.

En la lucha contra la resistencia terminamos por concentrarnos más en liberarnos del problema que en comprender en qué consiste; por el contrario, cuando trabajamos con la resistencia, lo que queremos es dejar en suspenso la frustración de sentirnos bloqueados e implicarnos en cambio en el problema propiamente dicho. Aplicar la mínima fuerza es el modo más efectivo de trabajar con la resistencia. Tanto en un procedimiento quirúrgico como cuando se trabaja con un nudo en la madera sucede exactamente lo mismo: a menor agresividad en el esfuerzo, mayor sensibilidad.

Este enfoque de la resistencia presenta particular interés en la conducta social dialógica. Sólo comportándonos con la mínima autoafirmación posible nos abrimos a los otros, lo que es un concepto a la vez político y personal. En la conversación dialógica, una persona se abstiene de insistir o de argumentar para escuchar el punto de vista del otro. La agresividad de la fuerza verbal también se minimiza mediante la utilización del modo subjuntivo, tanto en las conversaciones ordinarias como en los intercambios diplomáticos. La ironía respecto de sí mismo es psicológicamente una distensión que, al rebajar la arrogancia abrumadora, constituye una invitación a la intervención ajena. La sprezzatura, es decir, a la ligereza en gestos y lenguaje, es también una expresión social de la utilización de la mínima fuerza. Por último, los procedimientos indirectos que aplican los organizadores comunitarios también se inscriben en el marco de la mínima fuerza. Son sutiles, prefieren la sugerencia a la orden; en la organización comunitaria que se practicaba en el Near West Side de Chicago, la sutileza en la comunicación era inseparable del objetivo de poner a los residentes al tanto de las complejidades de la comunidad.

Bajo todos estos nombres distintos, la experiencia de la aplicación de la mínima fuerza en las relaciones sociales contrasta con la reducción de la ansiedad propia de la estrategia de hibernación. La reducción de la ansiedad aspira a disminuir la estimulación exterior, lo que consigue mediante el aislamiento individual. Por el contrario, con el uso de la mínima fuerza, tanto en el dominio físico como en el social, nos hacemos más sensibles al medio, nos conectamos y nos comprometemos más con él. Las cosas o las personas que se resisten a nuestra voluntad, las experiencias que se oponen a nuestra comprensión inmediata, pueden llegar entonces a interesarnos por sí mismas.

Volvamos a la reparación. No acudimos a la China imperial, sino al Berlín de la posguerra. El Neues Museum (Museo Nuevo), situado al norte del Altes Museum (Museo Antiguo), fue construido entre 1843 y 1855. El museo fue gravemente dañado durante la Segunda Guerra Mundial (en algunas zonas, sólo se conservaron los muros exteriores). ¿Cómo reconstruirlo? Richard Sennett siguió el proceso y conoce bien los dilemas que se le presentaron al arquitecto británico David Chipperfield, y, al tanto de los detalles, extrae lecciones.

Toda reparación es delicada: “El reparador tiene que tratar la avería al mismo tiempo como una advertencia y como una oportunidad. Cuando algo funciona mal necesitamos reflexionar tanto sobre lo que en un principio el objeto tenía de malo como sobre lo que tenía de bueno. Y lo mismo que con los objetos dañados por el tiempo sucede con las personas. Las personas son supervivientes cuyas biografías las han dejado dañadas, pero los comienzos de cuya historia no tienen por qué haber sido necesariamente equivocados. Una reparación incoherente puede proporcionar la sensación de cambio pero sacrificar el valor del acto inicial de creación” (pág. 304).

Chipperfield no quiso una restauración (dejar el edificio exactamente como estaba) y pensó más bien en una rehabilitación, con la idea de preservar la forma existente y sustituir partes antiguas por otras nuevas y mejores. La misma dinámica del trabajo hizo, sin embargo, que parte de su trabajo se pareciera a una reconfiguración, el tipo más radical de reparación.

“La idea misma del museo fue objeto de una nueva concepción en el curso mismo de la reparación, de manera que el edificio contara su propia historia con independencia de cualquiera de los objetos que albergara. Esta historia incorpora el desastre histórico de Alemania; más que limitarse a exhibir el trauma como si se tratara de una vitrina o de un conjunto de fotografías, el arquitecto logró que el público asistente llegara a sentir el museo en su propio cuerpo. Fue una drástica reconfiguración del concepto de museo, la plasmación de su finalidad en la reparación de sus partes” (págs. 307-308).

Sennett concluye: “La reconstrucción fue una encarnación del pensamiento dialógico. Los resultados transmiten un mensaje ético sobre el daño y la reparación. Caminando por las salas del museo, el visitante nunca olvida la triste historia, pero no se trata de un recuerdo cerrado en sí mismo, sino que la narración espacial tiende hacia delante, sugiere una apertura a diferentes posibilidades desde la restauración de lo viejo con apariencia de nuevo hasta lo auténticamente novedoso. Su política es la del cambio, que abarca rupturas históricas sin quedar fijada en el mero hecho de la herida.

Esto es precisamente lo que queremos experimentar en la reparación de la cooperación. La cooperación no se asemeja a un objeto hermético, dañado más allá de cualquier posibilidad de recuperación; sus fuentes –tanto genéticas como procedentes del desarrollo humano temprano– son duraderas, admiten reparación. La reconfiguración del Neues Museum proporciona una metáfora que nos orienta en la reflexión acerca de cómo reparar la cooperación” (pág. 309).

Rafael Aliena

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