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Philippe Legrain cuenta la historia del etíope judío Elías y hace de Israel un modelo de integración de los inmigrantes (judíos). Hoy hacemos de copistas (págs. 299-301). El texto pertenece íntegramente al autor mencionado, a quien hemos dedicado otras entradas (una y dos). Hay judíos en Etiopía por los supuestos amoríos del rey Salomón con la reina de Saba (la foto es de un pastel que lleva su nombre).

 

LEGRAIN: Cuando Elías Inbram tenía tan sólo siete años, caminó durante 40 días y 40 noches, a través de montañas y desiertos, en dirección a la tierra prometida. Fue un éxodo de proporciones verdaderamente bíblicas: cientos y miles de personas en movimiento, que sólo llevan consigo unas pocas posesiones terrenales. Se detuvieron brevemente para celebrar la Pascua judía. Mientras caminaban de Etiopía a Sudán, el padre de Elías cayó enfermo, el agua se hizo peligrosamente escasa, fueron atacados por salteadores, algunos de los guías resultaron ser ladrones. Mucha gente murió.

Los supervivientes llegaron por fin a Sudán. No era la tierra prometida. Pero se quedaron allí dos años mientras Israel intentaba organizar su salida por avión. El padre de Elías era músico y tocaba el piano y el acordeón para ganar algo y salir del paso, complementando sus escasos ingresos con donaciones de la diáspora judía. Elías fue a la escuela árabe. “Tenía que estudiar el sábado, pero no podía porque es el sabbat judío”, explica. “Pero no reconocía que era judío. Me castigaron muchas veces por faltar a clase”. Incluso en Sudán sintió el choque cultural. En la capital, Jartum, vio a un blanco por primera vez. “Pensé que era un etíope con un problema en la piel”, cuenta. “Crecí pensando que Etiopía era el único lugar del mundo. Entonces descubrí Sudán. Me di cuenta de que había dos países. Cuando llegué a Jerusalén esperaba ver solamente judíos etíopes”. Al final, salieron en avión hacia Israel vía Grecia. “Israel estaba lleno de blancos”, recuerda. “No entendía nada”.

Elías pasó cuatro años con su familia en un “centro de adaptación”, un centro de reinserción estatal para facilitar la incorporación de los inmigrantes a la sociedad israelí. “La mayoría éramos etíopes”, recuerda. “Un viejo me enseñó inglés. Estudiábamos hebreo y aprendíamos a desenvolvemos en la vida israelí, cosas básicas como los servicios disponibles, cómo administrar el dinero, etc.”. Al principio sus amigos eran sólo etíopes, pero luego le cambiaron a una clase normal con otros israelíes e hizo nuevas amistades. Gradualmente se fue sintiendo israelí. “En Etiopía me sentía judío”, dice. “En Israel me sentía etíope. Pero ahora mi patria es Israel. Entiendo y quiero la cultura etíope, pero he adoptado otra. No estoy confuso ni busco una identidad. Soy judío, israelí, con influencia etíope”.

“En aquella oleada de inmigración no había modelos de conducta. Se nos decía que fuéramos buenos, callados, respetuosos y decididos. Pero no había nadie para guiarnos. Los padres no sabían hebreo y daban por sentado que en la escuela nos controlaban; la escuela nunca se ponía en contacto con los padres y daba por sentado que ellos nos controlaban”. Muchos etíopes acabaron por perder el norte. Pero los tiempos cambian. “Cada vez más etíopes van a la universidad. Nuestra idea es formar parte de la sociedad israelí. Queremos trabajar junto a otros israelíes, no vivir separados. Si alguien me discrimina o se muestra racista, es su problema. Yo sé lo que quiero hacer”.

Ahora Elías tiene 32 años. Como la mayoría de hombres israelíes ha servido en el ejército: a diferencia de la mayoría, ha obtenido varios títulos universitarios, ha pasado un año en Alemania aprendiendo alemán, y ha trabajado dando clases a niños. Cuando le conocí, estaba acabando otra licenciatura, la de Derecho, en la Universidad Kiryat Ono, cerca de Tel Aviv, y había aprobado un examen muy difícil para ingresar en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel.

Durante el proceso de documentación para escribir este libro he conocido a gente ejemplar […] Sus vidas dan testimonio del poder de la esperanza y la determinación para superar la adversidad, y del potencial liberador de la emigración. Pero hay algo especialmente emocionante en la historia de un niño arrancado de la selva de Etiopía y lanzado al ajetreo de la moderna sociedad israelí que ha alcanzado la serenidad, ha visto cumplidas sus ambiciones y ha encontrado su propio espacio. Creció sin modelos de conducta, pero ahora es un modelo para otros.

Israel también es un modelo del éxito de la inmigración. A pesar de los muchos problemas de este minúsculo país, marcado por el conflicto con los palestinos, tanto Europa como Norteamérica podrían aprender mucho de él. Israel abre sus puertas de par en par a los inmigrantes, si bien es cierto que a un grupo concreto de ellos: cualquiera que tenga origen judío es libre de establecerse allí; la mayoría de israelíes nacieron en el extranjero. Aunque están unidos por el judaísmo, en la práctica los inmigrantes son un grupo muy diverso: algunos son religiosos, otros no; algunos tienen mucha formación, otros muy poca; provienen de países tan diferentes como Alemania, Marruecos, Rusia, Etiopía, Estados Unidos e Irán. Un desastre seguro, pensarían algunos.

Pues no. La flexible economía de Israel no sólo absorbió un enorme flujo de entrada de inmigrantes en la década de 1990 de manera relativamente soportable; enseguida prosperó aún más. El país fue pionero en las empresas de Internet y su nueva mano de obra avivó una gran bonanza económica. Ha integrado con éxito a los inmigrantes que se han convertido en ciudadanos casi inmediatamente, por lo que se sienten involucrados en la sociedad israelí. Por lo tanto, Israel tiene el mayor interés en ayudarles a encajar. A los recién llegados se les ofrecen clases de hebreo, vivienda, ayuda para encontrar empleo y, al menos al principio, el Gobierno les echa una mano. […] Además, mientras Israel ayuda a la integración social de los inmigrantes, respeta su libertad individual. No se espera de ellos que se integren culturalmente: […] Elías habla amárico y tigré (además de hebreo, inglés y alemán).

Rafael Aliena

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