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Aristóteles, los metecos, Walzer, nosotros y Moustaki. En mayo de 2013 murió el autor de “Le Métèque” y de canciones muy conocidas por los públicos de muchos países, como “Ma Liberté” o “Ma solitude”. Escribió la bellísima canción “Milord” para Edith Piaf (en la fotografía, con ella), triste y esperanzada, hecha como un guante sensual para la artista más reconocida de la posguerra francesa.

“Métèque” significa extranjero, pero es una voz que incorpora un toque peyorativo. Es el “meteco” de la antigua Grecia, al que migracionesyciudadania se dedicó ayer.

Moustaki, en realidad Yussef Mustacchi, nació en Alejandría (Egipto) de padres griegos y con un abuelo de nacionalidad turca, por simples circunstancias del destino. Su extranjería, superficial, no le impidió convertirse en un cantante francés, de voz suave y elegante. “Si soy tan conocido en el extranjero, decía, será porque soy muy francés”.

Moustaki combinaba música y letra con la sencillez depurada de quien tiene una excelente formación musical e intelectual. Para él y para su familia, el francés era la lengua de la cultura. Nacido en una encrucijada cosmopolita de Oriente Próximo, no se sentía extranjero en ningún lugar, era un viajero y un ciudadano del mundo.

Hombre de trato cálido, humano y tranquilo, como cantautor supo combinar las emociones con los compromisos. Actuó en España cuando cantar “Mi Libertad” era poco frecuente y visitó la Argentina de Videla protestando contra la Junta Militar.

La obra de Moustaki, con influencias musicales mediterráneas, francesas y brasileñas, le convierte en un cantante-autor-músico a la altura de los “grandes” franceses como Georges Brassens (de quien tomó su nombre), Edith Piaf, Yves Montand y Barbara, sin olvidar al belga francófono Jacques Brel.

Como ocurre con toda obra de arte, escuchar a Georges Moustaki nos reconcilia con lo mejor de nosotros y del mundo.

Josefa Fombuena

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