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Nos gustaría repudiar in toto, que quienes no nos convencieron una vez no tuvieran nunca razón ni nada que aportarnos y ser de una pieza en nuestro rechazo absoluto y total, completo. Francis Fukuyama metió mucho ruido en 1992 con su tesis del fin de la historia: agotado, derrotado el comunismo, ya no había grandes cuestiones que dirimir. Se equivocó, probablemente. El estigma de apologeta del capitalismo quedó grabado a fuego en su piel. ¿Yerra siempre?

En “Identidad y migración” explica por qué nos resulta tan difícil a los europeos integrar a los musulmanes y conseguir de ellos una lealtad básica, por más exámenes que les hagamos pasar u horas de clase que les impartamos. Su idea es sencilla, no sabemos si en extremo: si nosotros mismos, más allá del secreto cobarde o esquizofrénico de nuestros hogares o de la gregaria y estulta exaltación que acompaña los éxitos deportivos de las selecciones nacionales (estas expresiones son de mi cosecha), no tenemos ideas claras al respecto, ¿qué podemos esperar de ellos? Nos recuerda que esa incapacidad ya ha tenido manifestaciones criminales y terroristas en suelo europeo y nos advierte, como de pasada, que, de no enmendar el mal, veremos emerger populismos que complicarán las cosas. El resultado, a la vista está, y más tras las elecciones al Parlamento Europeo del 25 de mayo de 2014. Maldito Fukuyama: tenía razón, en 2005, cuando vio la luz su texto. ¿Es la causa la que él dictaminó? Malditas nuestras limitaciones: no estamos seguros.

Leamos de él un par de párrafos y démonos un tiempo para pensar.

“[Una] parte de la solución al problema de la integración musulmana está relacionada con las expectativas y la conducta de las comunidades mayoritarias en Europa. La identidad nacional se sigue entendiendo y experimentando de formas tales que a veces se transforma en una barrera para los recién llegados que no comparten los orígenes étnico y religioso de quienes nacieron ahí. La identidad nacional siempre se ha construido socialmente; gira en torno de la historia, los símbolos, los héroes y los relatos que una comunidad cuenta sobre sí misma. Este apego a un lugar y una historia no se debe borrar, sino abrirse lo más posible a los nuevos ciudadanos. En algunos países, en especial en Alemania, la historia del siglo xx ha vuelto incómodo hablar de la identidad nacional, pero se trata de un diálogo que necesitamos reabrir a la luz de la nueva diversidad de Europa: si los ciudadanos actuales no valoran lo suficiente su ciudadanía nacional, entonces los países europeos difícilmente pueden esperar que la valoren los recién llegados”.

“El dilema de la inmigración y la identidad converge, al fin y al cabo, con el problema más grande de la carencia de valores de la posmodernidad. El ascenso del relativismo ha dificultado que las personas posmodemas reivindiquen valores positivos y, por consiguiente los tipos de creencias compartidas que erigen a los migrantes como condición para la ciudadanía. Las elites posmodernas, en particular las europeas, piensan que han evolucionado más allá de las identidades definidas por la religión y la nación, y han llegado a un sitio superior. Pero fuera de su celebración de una diversidad y una tolerancia interminables, a las personas posmodemas Ies cuesta trabajo lograr un acuerdo sobre qué es lo fundamental para la buena vida a Ia que aspiran en común”.

No suena muy lejos de cosas que hemos escrito y más cuando, al final, se encuentra uno con algo que está en el núcleo del marco analítico de Migraciones y Ciudadanía. Hablar de ellos –dice Fuyuyama– es hablar de nosotros. La inmigración nos obliga a abordar la pregunta “¿quiénes somos?”.

Y Fukuyama concluye: “Para que las sociedades posmodernas avancen hacia un debate más serio sobre la identidad, tendrán que revelar esas virtudes positivas que definen lo que significa ser un miembro de la sociedad más amplia. De no hacerlo, podrán verse apabulladas por gente que esté más segura de quién es”.

Rafael Aliena

 

Fotografía cortesía de la Agencia de Cooperación e Inversión de Medellín y el Área Metropolitana; tratada posteriormente.

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