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Ciudades y estados, territorios y naciones. Ellos y nosotros, aquí y allí, dentro y fuera. Pensamiento dicotómico y posmoderno, como lo suele ser el empleado por los autores que nos hablan de la posmodernidad, la sobremodernidad o la modernidad rabiosa. El aquí y el ahora de toda la vida, vaya.

Nos gustarán o no, pero todos esos son pares que calaron nuestro lenguaje, que nos ayudan a pensar la ciudadanía y que condicionan, quizás como ningún otro, la manera en que nos aproximamos a las migraciones y la movilidad humana. Construyen la realidad, marcan el mundo, dibujan el territorio, o mejor, la territorialidad, y lo hacen con sus divisiones, sus compartimentos físicos y geográficos, políticos o administrativos. Si hay una línea que encarna y define esa territorialidad, es la frontera, uno de esos “no lugares” que el antropólogo Marc Augé caracterizaba como circunstanciales, definidos por el mero pasar de individuos.

La mente que escucha el vocablo generalmente nos transporta al sur. Hoy, sin embargo, nos desplazamos a la “puerta de España”, al que durante décadas fue el puesto fronterizo por antonomasia, La Jonquera, frontera que dejó de serlo, lugar de paso que no se resignó a devenir uno de esos “no lugares” posmodernos. Lo hacemos a través de un interesante documental que recoge la voz de aquellos que permanecen y habitan el lugar por el que muchos otros solamente transitan para evidenciar que los intereses son plurales siempre, siempre están en liza, y que la realidad generalmente es más compleja que la idea que nos hacemos de ella.

Ángel Polo

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