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El sur de Brasil fue poblado y desarrollado por europeos llegados a partir de finales del siglo pasado y, entre ellos, muchos alemanes. Quien escribe conoció a tres descendientes de ellos en Londres. Tienen apellidos alemanes y parientes en Alemania, aunque no todos hablan alemán; uno de ellos posee la doble nacionalidad (justamente la persona, de las tres, que no habla alemán). Mis conocidos se sienten brasileños y no visten trajes regionales; uno prepara el examen para conseguir la nacionalidad británica.

Nos ocupamos de una serie documental de la BBC sobre Brasil, presentada por un antiguo miembro de Monty Python, Michael Palin, emitida por primera vez en noviembre de 2012. En uno de sus episodios, Palin se va al profundo sur, mucho más allá de Sao Paolo, para convivir unos días con gente muy alemana. El vídeo, en particular, muestra lo más singular de todo: un pedazo de Brasil que es, según dice la serie, como la Pomerania alemana (los trajes regionales, al parecer, son bávaros y no pomeranos). No tiene subtítulos, pero realmente –como se puede comprobar– no los necesita.

Al vídeo no podemos pedirle más de lo que ofrece. Es el retrato de unos nacionales de los que no sabemos si son, en nuestra terminología, afectos o desafectos (una entrevistada minutos después, en un momento que no recoge el vídeo, dice sentirse antes alemana que brasileña). Nada nos hace pensar que no confíen en el resto de compatriotas y que no sean capaces de cooperar. No podemos extraer conclusiones precipitadas.

La única lección, más allá de registrar cuán variada y sorprendente es la condición humana, es la que sigue. Las cuestiones de identidad son complicadas. Ese apego a formas y costumbres prototípicas, quizá desdeñadas u olvidadas por muchos alemanes de Alemania, es curioso, aunque puede ser la espuma del fenómeno. ¿Nos sorprenderemos de que muchos emigrantes, nostálgicos y en un mundo ajeno y a veces hostil, busquen refugio y calor en las formas y las costumbres propias? Más allá de ello, las grandes preguntas siguen siendo las mismas: la medida en que los emigrantes son o no sujetos afectos y capaces de confiar en (y cooperar con) los miembros de la sociedad de acogida (con el complemento de que importa también la capacidad de los nacionales de confiar en ellos y cooperar con ellos).

Capacidad, decimos, a la que hay que sumar la voluntad y la virtud o las cualidades para la confianza y la cooperación. Todo ello, en las dosis suficientes y en las cantidades mínimamente necesarias.

Rafael Aliena

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