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Un país, dos naciones. Esto tiene historia, como todo. Benjamin Disraeli escribió una novela en cuyo título figuraba este lema. Él fue un político conservador británico, dos veces primer ministro, tres veces ministro de Hacienda, ennoblecido por la reina Victoria, un judío que debió dejar de serlo para hacer carrera.

¿De qué época estamos hablando? Sibila o las dos naciones se publicó en 1845, él había nacido en 1804 y murió en 1881, dos años antes del fallecimiento de Marx y del nacimiento de Keynes. Todo tiene que ver, pues estamos hablando, con Disraeli, no de la igualdad (eso era cosa de aquel expatriado que vivía en el Soho), no de las libertades personales y la eficiencia económica (Keynes), sino de la cohesión social, de la fábrica de sociedad. Habrá desigualdad, habrá jerarquía (de funciones, de saberes, es buena), pero no puede haber dos naciones que se dan la espalda. Eso es lo que pensaban los conservadores históricos como Disraeli.

Hoy para esto nos hemos quedado con una sola clave de lectura, la de los derechos y las instituciones comunes (la escuela, el hospital). Unos y otras, como las fábricas de sociedad. El Estado de bienestar, en definitiva, como el gran cemento social, ese por el que votaron los soldados británicos de vuelta a la isla tras dejar detrás a tantos camaradas, aquél en el que depositaron la confianza quienes pensaron que si se podían unificar esfuerzos para ganar la guerra (warfare state), se podía hacer lo propio por el bien común (welfare state).

Nada nuevo, todo conocido. El líder laborista británico hablaba de ello en octubre de 2012 en un hermoso discurso. Introducía, por cierto, la idea de la inmigración, hijo como es de padres judíos escapados de la barbarie nazi, beneficiarios de la compasión, la tolerancia y la generosidad de los británicos.

Las dos naciones de El último tren y Sibila lo son de nacionales. ¿Qué ocurre cuando no es así, cuando los que viven “aparte” no lo son? La solución fue a la larga el Estado de bienestar. ¿Qué ocurre cuando éste cojea? No estaría mal que empezáramos a pensar que la vida ni empieza ni acaba con el Estado de bienestar. Aunque sólo sea como hipótesis, habrá que imaginar un porvenir que no sea la copia del pasado, por glorioso que éste fuera.

Asomémonos un poco, aunque bien sabemos que es pronto para el debate sobre los derechos de los inmigrantes irregulares. Parece sensato esperar al módulo jurídico. Es pronto, en realidad, para casi todo. Más parece ─como se ve─ el tiempo de los apuntes y sugerencias. Permítasenos, por cierto, otro.

Disraeli fue un ejemplo de asimilación. De él decimos “el único primer ministro británico que fue judío”. Error. Se asimiló, convirtió su diferencia en exotismo, se volvió interesante a la fuerza, encontró su hueco, triunfó contra pronóstico, se inventó a sí mismo y trabajó duro. Asimilarse es hoy lo peor del mundo. ¿Por qué? Igual lo es, pero ¿por qué? No dejemos de hacernos preguntas. Cuando las aguas se calmen, los espíritus inquietos morirán de aburrimiento. Los judíos estaban logrando la asimilación con un éxito notable en Centroeuropa. De haberlo conseguido (el mal absoluto se lo impidió), hoy seguramente no tendríamos algún que otro problema en el Middle East (la suma de nuestros Oriente Próximo y Oriente Medio).

Rafael Aliena

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  1. […] Año Nuevo se quedó atrás. Leslie T. Chang nos trae las voces de los obreros chinos de aquella segunda nación. Algunos estarán escuchando una defensa de la explotación laboral, la de los actores de la que ya […]