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La gente emigra y la gente huye. “Huida” es buena palabra para cuando la razón para salir de tu “tierra acostumbrada” es asegurarte la supervivencia, la mera y simple supervivencia frente al crimen, asunto que es menos conocido que el del escape de la represión política o la persecución religiosa.

Hace unos años se situó en el mapa para todo el mundo. Ciudad Juárez. De gran importancia como centro industrial en el Norte del país por la concentración de empresas maquiladoras, incluso en algunos momentos de la historia capital de México, es hoy por hoy la ciudad fronteriza por excelencia.

El escritor chileno Roberto Bolaño la utilizó bajo el nombre ficticio de Santa Teresa como escenario de su archiconocida y multipremiada novela 2666. Pero en ese momento ya era famosa principalmente por sus estadísticas de criminalidad y las cifras de homicidios, por la violencia contra las mujeres, por ser el epicentro de la actividad de los “narcos”, razones estas que la han llevado a ocupar las cabeceras de las noticias en numerosas ocasiones, o incluso a encabezar el ránking de las ciudades más inseguras del mundo (en términos por ejemplo de homicidios por cada 100.000 habitantes), por delante de San Pedro Sula de Honduras o de la capital venezolana. Razones que en tantas ocasiones y tan fácilmente nos llevan a tomar la parte por el todo.

Como comentaba Yolanda Ávila recientemente al hilo de una de las entradas anteriores, la violencia y la inseguridad son otra de las grandes razones que llevan a la gente a abandonar su lugar de origen en busca de un destino donde vivir. La violencia cala en la sociedad, su efecto en el sentimiento de la comunidad es alarmantemente pernicioso. En el caso de Ciudad Juárez y de México su influencia ha llegado a crear una subcultura musical, la de los narcocorridos, en la que sus cantantes ensalzan el prestigio y las acciones de los cárteles de la droga y en la que los “narcos” de los cárteles hacen las veces de mecenas, una corriente que puede llegar al mainstream, si no lo hizo ya, y suponer lo que el gangsta supuso para el rap en la década de 1990.

Narcocultura es un exitoso y atractivo documental que nos acerca a la realidad aquí expuesta, y lo hace a través de dos voces: la de uno de esos trovadores de la violencia, protagonista y estrella de una carrera sin sentido, y el de uno de los policías forenses que trabajan en la ciudad, cuya voz, tranquila y pausada, nos conmueve al transmitirnos la firme convicción de que, pese a todo, solamente puedes hacer tu trabajo en el intento de seguir adelante.

Ángel Polo

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