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La palabra “retraimiento” implica la decisión que toma una persona (como en la imagen de Robert Putnam de la gente que hiberna) de distanciarse de quienes no se le asemejan, ya sea por razones de etnia, raza u orientación sexual. Ya sabemos que en Putnam se dibuja un retraimiento que incluye también a los que sí se le asemejan.

El retraimiento que dibuja Sennett, con una paleta que definitivamente tiene muchos más colores, no tiene ningún componente positivo (de tipo espiritual, existencial o epistémico), tal como, de acuerdo con él puede tener la soledad o el aislamiento (el de los monjes cartujos o el de Rousseau meditando en sus paseos en solitario). El retraimiento de Sennett busca el alivio de la ansiedad en el trato con los demás y estos retiros, lejos de iluminar, producen un tipo de ceguera. Esta ceguera tiene dos ingredientes psicológicos: el narcisismo y la autocomplacencia.

¿Nos identificamos con los otros en las circunstancias y sufrimientos particulares de éstos, o lo hacemos como si todos los demás fueran iguales a nosotros? El primer modo es una ventana; el segundo, un espejo. Freud detectó el “estadio del espejo” en el interior de aquellos pacientes que asociaban instantáneamente nuevos acontecimientos de la vida adulta con traumas familiares de la infancia; para estos pacientes no parecía ocurrir nunca nada verdaderamente nuevo en su vida, pues el presente era siempre y nada más que un espejo que reflejaba el pasado. Al estadio del espejo, el psicoanalista Heinz Kohut, tras la Segunda Guerra Mundial, agregó el concepto de “yo grandioso”. El “yo” llena ahora todo el espacio de la realidad. Una manera de expresar esa grandiosidad es la necesidad de sentirse constantemente en posesión del control; en palabras de Kohut, el énfasis recae en “el control que [una persona] espera tener de su cuerpo y de sus sentimientos [más] que en la experiencia adulta de los otros”. La gente sometida a esta grandiosidad “se siente verdaderamente oprimida y esclavizada” por las necesidades de los otros. El resultado, a juicio de Otto Kernberg, otro psicoanalista de la época de Kohut, es que la acción misma resulta devaluada; la pregunta “¿Qué siento?” viene a sustituir entonces a “¿Qué hago?”.

Una persona que vive así absorta en sí misma sufrirá ansiedad cuando le invada la realidad; sentirá más una amenaza de pérdida del yo que un enriquecimiento del mismo. La ansiedad se reduce restaurando el sentimiento de estar en posesión del control. Esta transacción psicológica interna tiene consecuencias sociales, la más notable de las cuales es el debilitamiento de la cooperación social; el narcisismo incita a distanciarse de otras personas. Habitualmente se combina con otro momento: la autocomplacencia acerca de la propia posición en el mundo.

La autocomplacencia no posee las propiedades positivas que sí tiene alguna otra noción similar, como por ejemplo la seguridad personal. Cuando nos sentimos interiormente seguros, podemos estar dispuestos a experimentar, a dar rienda suelta a la curiosidad; la “seguridad ontológica” (término que utiliza a menudo el sociólogo Anthony Giddens) es la expectativa personal de continuidad en la vida, de que, cualesquiera que sean los altibajos, las experiencias se integrarán de manera unitaria. La autocomplacencia por el contrario se emparenta con el narcisismo en la espera de que la experiencia confirme un modelo ya familiar; más que una evolución, parece tratarse de una repetición rutinaria.

La autocomplacencia, según Sennett, abre el camino al individualismo. Cuando la autocomplacencia se une al individualismo, la cooperación se atrofia.

El gran escritor del individualismo –nos recuerda– es Alexis de Tocqueville (1805-1859), quien acuñó el término en su sentido moderno: “Cada persona, retirada en sí misma, se comporta –escribió tras su viaje a los Estados Unidos– como si fuera extraña al destino de todas las demás. Sus hijos y sus amigos cercanos constituyen para ella toda la especie humana. En cuanto a las relaciones con sus conciudadanos, puede mezclarse con ellos, pero no los ve; los toca, pero no los siente; existe únicamente en sí misma y para sí misma. Y si bien en estas condiciones puede conservar una idea de familia, ya no le queda ninguna de sociedad”.

El individuo de Tocqueville sufre lo que hoy se denomina como “ansiedad de estatus”: se siente incómodo porque los demás no comparten sus gustos en la vida familiar o en el comportamiento público. Al ser diferentes, parecen darse aires de superioridad o, en cierto modo –que uno no acierta a explicar–, a mirar con desdén al otro. El individuo percibe un insulto: “diferente” termina por traducirse como mejor o peor, superior o inferior; es decir, se convierte en materia de comparación odiosa. La solución no es acabar con las diferencias (leídas como desigualdades) o reprimirlas, lo que constituiría un impulso despótico. El individualismo impele a las personas que se sienten ofendidas a encerrarse aún más en sí mismas en busca de una zona de comodidad; la persona hace un intento de “hibernación”.

Hay otro tipo de respuesta, desarrollado en los laboratorios de algunos psicólogos: la reducción de la ansiedad se produce mediante la neutralización de la estimulación; la apatía, el aburrimiento y la relajación pueden neutralizar la estimulación. Un hombre que come su milésima hamburguesa industrial no puede sentirse muy excitado por su gusto, pero, como le es familiar, le resulta agradable. Lo mismo ocurre con el teleadicto y su sensación de calma cuando ve distraídamente programas que en realidad no retienen su atención. Ambas situaciones crean una familiaridad exenta de sorpresas. El aburrimiento se distingue de la apatía en que es más selectivo; la apatía de una persona clínicamente deprimida es una desvinculación global, total, mientras que el aburrimiento atañe a actividades particulares. Mihaly Csikszentmihalyi, ese norteamericano de nombre imposible, piensa, lo que puede parecer extraño, que el aburrimiento implica cierto tipo de habilidad, que es preciso adquirir cierta pericia para filtrar las perturbaciones. Por tanto, en lugar de ser deprimente, como lo es el aburrimiento involuntario de la cadena de montaje, el aburrimiento voluntario proporciona la tranquilidad reconfortante de la baja estimulación.

Sennett nos llena la hibernación de Putnam con sustancia. No es regalo que podamos menospreciar.

Rafael Aliena

Nota: asunto desarrollado por Sennett en las páginas 254-270 de Juntos.

1 Respuesta

  1. Es curioso como hablar de lo social nos lleva a lo más interno de cada uno de nosotros. En este caso hablar de migraciones y ciudadania nos acerca tanto a nuestros foros internos que releer este post no deja de ser una lección personal sobre la vida propia y como la proyectamos.

    Agradecida por leer esta sabiduria.

  2. […] hoy en día contra la práctica de la cooperación exigente. La sociedad moderna está produciendo un nuevo tipo de personaje: el individuo proclive a reducir la ansiedad a la que pueden dar lugar las diferencias, ya sean de […]