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Los países libres y prósperos son sitiados por los solicitantes como las universidades de élite. Estos países tienen que decidir acerca de su tamaño y carácter. Con mayor precisión, como ciudadanos de un país tenemos que decidir a quién podríamos admitir, si deberíamos dejar la admisión abierta, si podríamos escoger entre los solicitantes, y cuáles serían los criterios adecuados para distribuir la pertenencia”. Los extranjeros “son como nosotros, pero no son uno de nosotros, de modo que cuando decidimos su pertenencia debemos considerarlos a ellos tanto como a nosotros”. “Es posible que una crítica más profunda llevara a negar la distinción entre miembros y extraños, pero intentaré defender la distinción”.

Es Walzer quien habla, sin muchos remilgos por cierto. Hemos de decidir, pero “muy pocos de nosotros tenemos alguna experiencia directa de lo que un país es o de lo que significa ser miembro de él”. “A menudo –sostiene– tenemos fuertes sentimientos por nuestro propio país, pero nuestras percepciones acerca de él son muy vagas. Como comunidad política (más que como lugar) es, después de todo, invisible; en realidad, sólo vemos sus símbolos, sus jerarquías y sus representantes”.

Hemos de irnos pues, por la vía de la analogía, a experiencias más próximas en las que hayamos debido aceptar o rechazar a extraños, o en las que hayamos sido aceptados o rechazados por otros.

La vecindad –la primera de sus analogías– es una asociación sin una política de admisión organizada o legalmente obligatoria. Los extraños pueden ser bienvenidos o no, pero no pueden ser admitidos o excluidos. En un principio, los individuos y las familias se mudan a una vecindad por razones propias; escogen pero no son escogidos.

¿Pueden ser los Estados como grandes vecindades? Así lo pensaba Henry Sidgwick (1838-1900), uno de tantos economistas del XIX que, al tiempo que pugnaban por el libre comercio, defendían la migración irrestricta. Argumentaban en favor de una perfecta libertad de contrato, sin restricción política alguna. La sociedad internacional, pensaban, debería adquirir la forma de un mundo de vecindades, con individuos moviéndose libremente por doquier, buscando el provecho privado. Desde su punto de vista, el único cometido de los agentes estatales es el de mantener el orden en un territorio particular, pero en manera alguna determinar quién ha de habitar este territorio ni restringir el disfrute de sus ventajas naturales “a ninguna facción de la raza humana”.

Sidgwick vio los inconvenientes de su propuesta, pero como utilitarista que era, había hecho sus cálculos, pesado y medido ventajas y desventajas, y a él le salían las cuentas. Pero fue honrado y, por lo que parece, no vendió la idea de que su solución era perfecta e intachable.

Un mundo así –escribió– no permitiría el sentimiento patriótico, de modo que los “conglomerados casuales” que tal vez se originarían del libre movimiento de los individuos, “carecerían de cohesión interna” (y Walzer, como apuntador en día de teatro, nos recuerda que los regímenes autoritarios prosperan en su ausencia, aunque, honrado él también, añade algo así como “pero, bueno, quizá a la gente no le importe”).

Admitió también que (y aquí es Walzer quien le parafrasea) “sólo si el sentimiento patriótico tiene alguna base moral, sólo si la cohesión de la comunidad genera obligaciones y significados compartidos, sólo si hay miembros lo mismo que extraños, es que los agentes estatales tendrán alguna razón para preocuparse especialmente por el bienestar de su propio pueblo (y de todo su propio pueblo) y por el éxito de su propia cultura y políticas”.

Walzer, pues, hablando con los muertos. Dos seres muy civilizados, honrados, eso ya lo hemos dicho. Creen en algo, pero no como los necios u obstinados. Acaba el vivo de hacer su defensa y le pone esta cola: “no hay evidencia sólida de que la cultura no puede prosperar en ambientes cosmopolitas, ni de que sea imposible gobernar conglomerados fortuitos de gente”. El muerto se lo agradece, seguramente, si puede.

Pero Walzer es un viejo militante, no nos equivoquemos. Tiene muchas batallas ideológicas a sus espaldas este fundador de Dissent, la prestigiosa revista de izquierda, Disensión. Defenderá aquello en lo que cree. Da gusto encontrarse a militantes comedidos, con tantas reservas como convicciones, tan cerca del fuego vivo como apartados de él, sosegados, persuasivos.

“Si los Estados alguna vez llegan a convertirse en grandes vecindades, es verosímil que las vecindades se conviertan en países pequeños. Los miembros se organizarán para defender las políticas y la cultura locales contra los extraños”. Históricamente –nos asegura– así ha sucedido.

Las comunidades locales pueden adquirir forma como asociaciones “indiferentes”, determinándose exclusivamente por la preferencia personal y la capacidad de mercado, sólo si el Estado hace una selección de los posibles miembros y garantiza la lealtad, la seguridad y el bienestar de las personas que selecciona. La peculiaridad de las culturas y los grupos depende de un ámbito cerrado, y sin él la peculiaridad no puede ser concebida como un rasgo estable de la vida humana. Si es un valor (y Walzer es de los que lo creen), entonces el ámbito cerrado debe ser permitido en algún lugar. La restricción a entrar sirve para defender la libertad y el bienestar, las políticas y la cultura de gente comprometida entre sí y con su propia vida común.

Hasta aquí Walzer, en una segunda entrega. Habrá más.

Rafael Aliena

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  1. […] decidiendo quiénes somos y quiénes queremos ser y defendiendo ciertos bienes nuestros, porque “la peculiaridad de las culturas y los grupos depende de un ámbito cerrado”. El mismo que dice esto se muestra severo con los países que hospedan metecos y tratan a los […]

  2. […] “En todo caso, no existe tal obstáculo en las comunidades democráticas contemporáneas, con lo cual llega el momento de tomar en consideración a nuestros propios metecos. “¿Pueden los Estados desarrollar sus economías con sirvientes que viven-con, con trabajadores huéspedes, separados de la compañía de los ciudadanos?”. Es un conocido de migracionesyciudadania quien formula esta pregunta: Michael Walzer (aquí y aquí). […]

  3. […] Legrain no polemiza expresamente con Michael Walzer, pero podría. Su crítica iría dirigida en este caso contra su tesis de que los Estados no pueden ser como grandes vecindarios. […]

  4. […] Rosanvallon), del ser y el no-ser. Es posible incluso que, como defiende nuestro admirado Walzer, “la peculiaridad de las culturas y los grupos dependa de un ámbito cerrado”. Pero esta identidad, insiste Rosanvallon, y aquí repetimos sus palabras, “debe vincularse con […]