LA COMUNIDAD COMO VOCACIÓN

Richard Sennett es de los pocos teóricos sociales que sabe, en carnes propias, del valor de la comunidad local. La idea recurrente en Juntos es que la cooperación mejora la calidad de la vida social, aunque es un escenario complicado. Sennett se detiene en comunidades de gente pobre, en parte por razones autobiográficas, en parte –como escribe él– porque son los casos más duros. Son lugares en los que gente como sus amigos de la infancia ha tenido que sobrevivir y que, en caso de conseguirlo, ha estado dispuesta a abandonar. A los supervivientes parecen presentárseles complicados problemas en la vida, problemas éticos, de apego, de pérdida y de duelo, e incluso los problemas de las vocaciones que ayudan a la gente en la lucha por la supervivencia. A esas realidades vividas –sabe bien él– no se puede responder con simples promesas de felicidad.

¿Podría la propia comunidad convertirse en vocación? La fe (religiosa), la identidad (socialista o nacionalista, por ejemplo) y la sociabilidad informal (la preferida de Sennett) sugieren vías por las cuales la comunidad de los pobres o los marginados podría servir a su vez de apoyo, aunque no por completo. La imagina como un proceso de ingreso en el mundo, un proceso en el que se elabora tanto el valor de las relaciones cara a cara como los límites de esas relaciones. Para los pobres o los marginados, esos límites son políticos y económicos; el valor, en cambio, es social. Aunque la comunidad no puede llenar por completo una vida, promete placeres importantes. Éste es el principio que guió a otro de los héroes de Sennett, Norman Thomas, conocido de su familia, como lo fue Saul Alinsky.

Leemos a Sennett, con algún atajo (págs. 378-382).

Norman Thomas (1884-1968), líder del Partido Socialista de Estados Unidos, trató de casar la socialdemocracia europea con la preferencia norteamericana por la acción local. El instrumento que utilizó para ello fue la informalidad, tanto en su propia conducta como en sus opiniones sobre la comunidad. Se proponía hacer de la experiencia de cooperación un placer sostenible.

Lo mismo que muchos radicales norteamericanos, Norman Thomas pasó de la religión a la política, pues empezó su vida pública como pastor cristiano. Thomas concibió el Partido Socialista de Estados Unidos más como una cámara de intercambio de informaciones para miembros de sindicatos de izquierda y organizadores de base que como un centro de control: un Partido diseñado para la sociedad civil. El radicalismo de Thomas se basaba en su visión de los Estados Unidos como una sociedad civil de pueblos desplazados. Pensaba que el melting pot, el “crisol de razas” en el que la gente perdía la historia de su pasado, era una ilusión: los recuerdos reales o simbólicos de los inmigrantes son demasiado importantes para borrarse alguna vez. Lo mismo valía para la raza: la amnesia no es buena receta para la armonía racial. Y, en un plano más sutil, sostuvo que las desigualdades de clase se viven como una especie de desplazamiento; en efecto, la clase trabajadora blanca norteamericana era tratada como si fuera invisible, una mera parte más del fondo del paisaje, ajena al ethos de la movilidad social ascendente de los años de posguerra.

El reto, tal como lo veía Thomas, está en conseguir que quienes no tienen cabida en el Sueño Americano miren hacia fuera, más allá de sus limitaciones, y cooperen entre ellos. La sociabilidad informal es un medio radical para tal fin, o eso era al menos lo que pensaba Thomas, porque cuanta más experiencia adquiriera la gente en arreglárselas sin reglas ni gobernantes tanto más llegarían a valorarse unos a otros.

Thomas no era un orador carismático. Su don residía en su conducta; era informal, y lo era con toda autenticidad. Hablaba como uno más de la multitud; no le molestaba en absoluto decir cosas aburridas y con su estilo común y corriente conseguía la confianza de los demás.

Podría parecer que su falta de teatralidad, su ausencia de carisma escénico, lo inhabilitara como político. Era en cambio un maestro de la informalidad. Por ejemplo, en lugar de organizar reuniones con el presidente sentado en un nivel más elevado y frente a los demás, colocaba siempre su silla en medio del grupo, que, si era posible, formaba un círculo. Al acabar un discurso, nunca pedía que se levantara la mano para emitir una opinión, sino que, con una intuición que nunca pudo explicar, buscaba a quienes eran demasiado tímidos para hablar en voz alta. Después de las reuniones, normalmente hablaba con los presentes cogiendo a su interlocutor por el antebrazo y no lo soltaba cuando era éste quien hablaba.

En las reuniones pequeñas ignoraba el plan del orden del día, aunque se hubiera distribuido uno; cuando quería que se tratara una cuestión, la asociaba al nombre de alguien presente en la sala, a menudo para sorpresa de esta persona, que no había pensado en absoluto en ello. Rara vez pasaba más allá de los puntos 1 y 2 de la agenda; dejaba que las cuestiones se desarrollaran y se metamorfosearan desde dentro. A menudo, la démarche de Thomas consistía en un recorte de prensa o en un extracto de un informe –de un enemigo– presentado con la intención de provocar en la misma medida la indignación y la discusión. (La démarche es un documento que pone en circulación un conjunto de ideas y temas de conversación sin que su autor afirme realmente que piensa o cree lo que dice el documento; es un recurso que usan a menudo los diplomáticos).

Todos estos procedimientos volvían locos a los colegas que querían terminar la tarea con rapidez y eficacia. Una vez comenzada, una reunión podía prolongarse hasta muy entrada la noche, lo que era ciertamente improductivo si se trataba de llegar a una decisión, pero enormemente productivo si la finalidad era acostumbrar a personas distintas a estar juntas. En esto, Thomas era muy perspicaz. Sosegarse, sentirse cómodo en un lugar, dejar las presiones en suspenso y pasar el tiempo con otros por el mero placer de estar con ellos: todo eso contribuye a incrementar por medios informales el compromiso con un proyecto colectivo.

Su manera de tratar a los demás operó como una suerte de conciencia para los sindicatos de su época, enzarzados en luchas por el poder y regidos por otras reglas. Thomas desafió a los dirigentes sindicales a que reflexionaran sobre por qué, desde los años treinta, a medida que su estructuración y su burocracia internas eran mayores, los sindicatos perdían vida. Los dirigentes sindicales sabían cómo actuar formalmente en nombre de sus afiliados, pero no cómo comprometerse informalmente con ellos, lo que en la práctica conducía a la pérdida de afiliados.

El ejemplo permanente de Thomas –concluye Sennett– no reside tanto en el contenido de lo que predicaba como en su manera de practicar el compromiso con los demás.

Rafael Aliena

 

Fuente imagen: Norman Thomas en Oakland, California. Bancroft Library Portrait Collection, University of California, Berkeley. Tomada de la entrada que la Densho Encyclopedia le dedica.