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Si no puedes ser asalariado, abres tu propia empresa. No es propaganda en favor del emprendimiento, tan en boga, sino constatación de una realidad. En Alemania, en 2013, del total de las empresas que se constituyeron, el 42,7% lo fue por extranjeros, la mayoría de ellos procedentes de la Europa del Este. Los ciudadanos de Estonia, Lituania, Letonia, Polonia, Eslovaquia, Eslovenia, República Checa y Hungría no disfrutaron de la libertad de movimientos hasta 2011; los rumanos y los búlgaros, hasta 2014. Estos últimos (rumanos y búlgaros) estuvieron detrás del 37,6% de las nuevas empresas constituidas por extranjeros en 2013. Es información que nos provee el Institut für Mittelstandsforschung (IfM), en esta publicación.

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Como se ve, además, la cosa ha ido en aumento desde 2005. ¿Esto cambiará? Obviamente, pues algunas (¿cuántas?) de estas empresas son hijas de la necesidad, y, a peor, un puro artificio para salvar las prohibiciones o una pantalla para la auto explotación. Algunos empresarios se tornarán empleados, seguramente.

Hagamos uso de la ocasión para reflexionar sobre la integración ciudadana de estos empresarios. En Migraciones y Ciudadanía nos acompaña la idea de que esta integración tiene muchas fuentes: los derechos, la política, la esfera pública, el tercer sector… y la actividad económica.

Recurrimos a Víctor Pérez Díaz y a su tesis de los mercados como conversaciones y, con su vocabulario, imaginamos la integración ciudadana como la voluntad, la capacidad y la virtud (nuestra tríada) para la “conversación” (confianza, cooperación) con los extraños. Si tuviera razón Pérez Díaz, nos encontraríamos con uno de esos casos en que “de lo malo, lo bueno”. “Si” tuviera razón y “si” (añadimos) los mercados en los que estos extranjeros se integran como empresarios reúnen las características ideales que señala el propio Pérez Díaz: han de ser pacíficos, limpios y abiertos. Mucho condicional, sí, pero peor es no decir nada nuevo.

Bebamos de la fuente, que mal no ha de hacernos. Aparte de la contribución que mercados tales, pacíficos, limpios y abiertos, hacen al sistema democrático, hay que contar con su labor educativa: forman a las gentes que participan en ellos en la actividad y la responsabilidad y mejoran su capacidad intelectual y moral. Les hacen más confiados en sí mismos, en sus propias fuerzas (su prudencia, su fortaleza, su templanza) y más sensibles a los intereses y las necesidades de los demás; por lo pronto, nos dice Pérez Díaz, “más sensibles para satisfacer sus deseos o saber utilizar sus recursos”.

El mercado les obliga a centrar la atención. No cabe escapar de la realidad mediante fantasías; o negando la realidad de un peligro. Hay que dar cuenta y razón de las propias decisiones, y apechar con las consecuencias. Todo ello implica riesgos, a los que hay que estar atentos. Además, hacer algo supone tomar una decisión; y decidir supone elegir entre alternativas. Descifrar las señales implícitas en los precios requiere atención y deliberación, y cierto entendimiento de situaciones complejas y cambiantes. Supone evaluar y tener en cuenta los valores de cada cual, que entrarán en la justificación de lo que se ha hecho. Las caídas en la akrasia o la acidia, la pereza o la desidia, la debilidad de la voluntad o la indecisión suelen traer consecuencias negativas.

Los mercados nos obligan a salir de “los grupos pequeños” y nos introducen en los “órdenes extensos”. Más allá de lo que construimos en nuestros “mundos pequeños” en torno al bien común de comunidades, familias, redes de amistad y de afinidad, pueblos y vecindades, equipos de trabajo y comunidades profesionales y asociaciones empresariales, nos lanzan a mundos grandes y construyen, cuando la operación sale bien, una confianza no personal, “confianza a través de redes sociales que pueden ser muy extensas” o “confianza generalizada a escala nacional o incluso mundial”: entre empleadores y empleados, productores y distribuidores y consumidores, prestadores y receptores de servicios profesionales, accionistas y directivos, etc.

De acuerdo siempre con Víctor Pérez Díaz, “la experiencia del mercado [entre otras, y cuando funciona bien] impulsa la vida moral no de modo teórico sino práctico: no mediante un río de palabras, como una ethica docens, sino mediante una avalancha de actividades e interacciones. Va involucrada en costumbres o hábitos, y cristaliza en el desarrollo de capacidades y disposiciones, y la formación de un carácter moral. ¿Con qué contenido? Básicamente, uno que reúne la moral de los “grupos pequeños” y la de los “órdenes extensos”, que hace posible el compromiso de cada cual en los unos y en los otros”.

¿De la necesidad, virtud, de lo malo, algo bueno? Habría que buscar contraste empírico. Si los mercados no están segmentados étnicamente y no son fraudulentos o coercitivos, podría muy bien ser el caso. ¿Políticas y prácticas de integración ciudadana? Sí, muchas y bien pensadas, pues las necesitamos. Junto a ellas, atendamos a “la avalancha de actividades e interacciones” no diseñadas que fomentan y cultivan esa integración. Puede ser ésta una conclusión de todo esto.

Rafael Aliena

 

Fuente: Víctor Pérez Díaz, El malestar de la democracia (Crítica, 2008), págs 214-221

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