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Todos hablamos de lo buena que es la participación, genial. Yo participo, tú participas, todos participamos, sobre todo él y ella, nosotros y nosotras y un etcétera paciente y correcto. La verdad es que, salvo enfermedad o discapacidad graves, reclusión, maltrato y humillación severos, pobreza extrema o vergüenza y falta de amor de sí infinitos, todos participamos en algo o de algo, compramos y vendemos, tenemos parientes y vecinos, opinamos y votamos. Pero, claro, eso no es participación, porque eso, además de corriente, casi vulgar, muy poca cosa, no lo organiza nadie y no sirve a ningún propósito predefinido. Al final, lo que nos encontramos más a menudo es con zelotes y con sus recriminaciones, que piensan en una participación infinitamente buena, que el resto vive como una obligación poco apetitosa y nada realista, sufrientes pacientes de una nueva idolatría. Que me dejen en paz, por favor, y que se vayan con su participación “a cagar a la vía”, como dice, con perdón, un personaje de la serie televisiva Los Soprano, es una respuesta que no es muy educada, pero sí muy humana.

Esta es una visión, una entre otras, expresada sin matiz ni compasión y no descartable del todo o en todo. Dejemos que el río fluya, que la gente encuentre su sitio, creemos entornos y espacios propicios… y Dios dirá. ¿Te sientes cómodo y deseas levantarte y dar tu opinión? Estupendo. Soy profesor y lo he hecho bien, estás a gusto, he despertado tu inquietud y te he sacado del maletero del coche en el que tu alma tímida e insegura, o herida y humillada a diario, en casa o en la calle, se hallaba encerrada, estupendo. No te pongo nota, no te vigilo, no te fuerzo… todo lo contrario, por cierto, de lo que tan a menudo hacemos… la participación como asignatura, como los buenos modales o las labores del hogar.

Hoy es Samuel quien opina, riguroso, severo, harto siempre de no sabemos bien qué. Nos compromete. Nos obliga, por de pronto, a buscar, en nuestro esforzado juego de equilibrios y contrapesos, otras opiniones, y éstas no han de ser moneda gastada, porque no queremos su desprecio. Sean pacientes, sedlo, pues los deberes de este superego ni son fáciles, ni son de gusto.

Recordémosle, si es que acaso nos lee, que un día hablamos del líder político norteamericano Norman Thomas. Sabemos que no le habría gustado como socialista, pero tenemos por seguro que hubiera congeniado con ese hombre desorganizado que amaba la informalidad.

Rafael Aliena

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  1. […] de respeto de los prejuicios ajenos, no mueven ni una silla de niño (para saber de Samuel, aquí y aquí). Nos dice que los activistas pecan de fiarlo todo a un aparato racional y frío, raquítico por […]