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Collier tiene querencia por Putnam: es muy de Harvard (recordemos el juego que enfrentaba esta universidad con la de Princeton). Los resultados de Putnam eran un anatema político para muchos expertos en ciencias sociales y en parte por eso –cree él– recibieron fuertes objeciones. Aunque no tengan la solidez de una catedral medieval, no deberían desestimarse: “sería desafortunado –Collier refrenda estas palabras del propio Putnam– que un progresismo políticamente correcto rechazase la realidad del desafío a la solidaridad social que plantea la diversidad” (pág. 94).

Como Putnam, Collier también supone que “el efecto dañino más importante no es que los inmigrantes y la población nativa no confíen entre ellos, sino que en este segundo grupo se pierde la confianza entre sus miembros, con lo que recurren a un comportamiento oportunista” (pág. 101). Tampoco es un optimista: “la inmigración puede tener costes sociales […] alcanzado un determinado volumen, dichos costes pueden volverse sustanciales” (pág. 98).

En fin, que Collier es muy de Putnam. ¿Qué más nos ofrece? Algunas tesis y, arriesgado él, algunos ejemplos (“sin ilustraciones, las ideas quedan demasiado secas como para tener significado; con ilustraciones, corren el riesgo de volverse explosivas”, pág. 98).

La primera tesis empieza con un lugar común (somos hijos de nuestra cultura; muchas personas adoptan parte de su identidad asumiendo comportamientos estereotípicos de su cultura), pero sigue con –si se me permite la expresión– dinamita para los pollos: hay culturas mejores que otras. Bueno, eso no lo dice nunca, pero casi. Y no por cuna ni por genética, ni porque sean las del pueblo elegido por algún dios, sino por historia. En el pasado remoto, por ejemplo, Francia era como Nigeria. “No obstante, el país galo se ha beneficiado de una sucesión de revoluciones intelectuales que han reconfigurado, de manera gradual, la forma en que la gente percibe a los otros” (pág. 86). Revoluciones intelectuales (hay que pensar en la secularización, el Renacimiento y la Ilustración), y revoluciones político-jurídicas, las que implantan por ejemplo el imperio de la ley… y fundan los derechos civiles, políticos y sociales. La confianza y la indignación moral ante los oportunistas son la base de una sociedad equitativa, próspera y cooperadora. Francia y los franceses no destacarán en muchas facetas (y no será este cronista quien dé pistas), pero en este asunto aventaja con mucho a Nigeria.

Collier es un experto en África; en ese continente encuentra su base empírica. La violencia ocurrida hace más de cuatrocientos años persiste, de manera inquietante, a día de hoy. Los códigos de honor y las venganzas, propios de las sociedades de clanes, han sido la base más común para la organización social, y en muchos países pobres siguen siéndolo. La herencia de todo ello es una tremenda falta de confianza, “cuyos ecos resuenan a través de las décadas” (pág. 82).

Lo mismo ocurre con el comercio de esclavos, muchos de ellos capturados (para su venta posterior) por vecinos, aliados, conocidos y hasta miembros del mismo clan o familia. “Mientras que los conflictos entre tribus llevaron al desmoronamiento de la confianza entre grupos, el comercio de esclavos destruyó la confianza dentro de ellos” (pág. 83).

Nigeria, que conoce muy bien, es el objeto especial de su atención, un país estimulante, lleno de vida, con un pueblo muy participativo e ingenioso. Los nigerianos, sin embargo, desconfían, radical y profundamente de sus conciudadanos. “El oportunismo es el resultado de décadas, quizá siglos, en los que la confianza habría sido quijotesca, y ahora está integrado en el comportamiento general”, sentencia Collier.

¿Cosa de la pobreza? Collier cuenta una anécdota para rebatir esa conexión. En los hoteles de lujo del país, se encuentra uno con un cartel que reza: “Honorable huésped: antes de su salida todos los objetos de esta habitación serán contrastados con nuestro inventario”. Dispone de otro apoyo: “los nigerianos no pueden obtener un seguro de vida porque, dado el oportunismo en las profesiones pertinentes, se puede adquirir un certificado de defunción sin pasar por el inconveniente de morirse” (pág. 83).

Los inmigrantes llevan su cultura consigo. El corolario es que si, o cuando, los inmigrantes mantienen un fuerte apego a su cultura de origen, si, o cuando, estas culturas de origen no saben de la confianza y la cooperación, si, o cuando, los inmigrantes son desconfiados y oportunistas, el coste social será alto. Importará el origen, desde luego, pues es de suponer que no todas las culturas de los inmigrantes son desconocedoras de la confianza y la cooperación. Sí algunas, desde luego. Incluso Portes y Vickstrom admiten que el “mal de Putnam” podría deberse no a la inmigración sin más, sino a la cultura de origen de ciertos inmigrantes; lo hacen cuando avalan un estudio que reconoce una pequeña influencia de los antecedentes raciales y étnicos del encuestado (pág. 95)

Sin títo

Luego está el asunto de la identidad. Todos tenemos identidades múltiples, como trabajadores, miembros de una familia o ciudadanos. Si un inmigrante elige mantener un vínculo muy fuerte con su identidad de origen, con olvido, desdén o menosprecio de la identidad de la sociedad de acogida, refuerza en él, si es que se daban en origen, las pautas de desconfianza y oportunismo. Al tiempo, será difícil que se vea a sí mismo como compartiendo una misma barca con los nativos. Su deseo de cooperar y de contribuir a los bienes públicos será menor.

Puede hacerlo, desde luego (el mantenerse aparte). Los inmigrantes salen de entre aquellas personas que tienen más aspiraciones para ellos y para sus hijos, lo que hace de ellos trabajadores particularmente buenos. Una identidad separada no es un contratiempo para su éxito individual. El resentimiento por ciertas experiencias del pasado (de ellos o de sus padres), ciertas visiones sobre la identidad o la cultura o el fanatismo religioso les animarán a ello. Al rechazar la identidad nacional están escogiendo ser extranjeros. “Esto, que no importa en los espacios de comportamiento bien definidos, como la escuela o el trabajo, podría tener relevancia en un espacio de comportamiento abierto como es la sociedad en general” (pág. 89), pues se verían afectados los sistemas informales de cooperación a escala nacional y el apoyo político para la redistribución.

Para terminar, un resumen de una de sus ilustraciones (esas que te pueden poner en la picota). En la década de 1960, relata Collier, un criminal violó el código del hampa británico que prohibía portar armas, por la sencilla razón de que la policía no lo hacía (para no sacar ventaja y para que ella, por reacción, no se armase… lo que acabó sucediendo). Ese sujeto rompió la convención de manera espectacular, matando a tres policías. Lo que pasó después fue excepcional: el delincuente intentó ocultarse entre su red social de Londres, pero no lo consiguió. Al verse condenado al ostracismo, escapó a un lugar remoto, donde acabó por ser descubierto viviendo en una tienda de campaña. Esta conducta de castigo a los transgresores de la cooperación es, para Collier, como bien sabemos, esencial para seguir logrando buenos resultados.

Volemos ahora a 2011: dos policías arrestan a un famoso delincuente con varias condenas previas. En el coche que lo lleva a comisaría el criminal saca un arma; los policías también van armados y lo matan a tiros. Lo que ocurre a continuación está en claro contraste con el incidente anterior: la red social del criminal no tarda en plantarse en comisaría y organizar una protesta de varios cientos de personas. El criminal, Mark Duggan, se convierte con carácter póstumo en un héroe de la comunidad.

Más allá de las particularidades de cada caso y sin olvidar el deterioro general de la confianza en la policía en el tiempo transcurrido, Collier los resume de este modo: la primera respuesta reforzó la convención de que no es permisible que los delincuentes lleven armas, mientras que la de 2011 la socavó. En lugar de condenar al hombre al ostracismo, su red social salió a la calle en un gesto de solidaridad, con el objeto de castigar a la policía. Ejerció esta red el papel del supervillano, que arruina con su comportamiento todo juego de cooperación.

Duggan era afrocaribeño, como lo eran los manifestantes. Esta comunidad no se lleva bien con la policía desde hace mucho tiempo; ha habido episodios demostrados de racismo entre la policía. Eso no se olvida, pero el resultado es el que es: las normas sociales quebradas minan la cooperación social… Collier dixit.

Todo ello trae consecuencia para la política de inmigración de nuestros países. El efecto de la inmigración depende en parte de su volumen y en parte de la velocidad con que los inmigrantes se ajustan a las normas de confianza y cooperación de sus sociedades de acogida. Esta velocidad depende del atractivo y la capacidad de integración de los diferentes países (y aquí encontraremos sociedades receptoras y acostumbradas a ejercer de huéspedes y otras más cerradas), pero también, y éste es el factor que a Collier le interesa, del tamaño de lo que él llama la diáspora, entendida como el conjunto de personas que están dispuestas a acoger al recién llegado y a mantenerlo en su “caldo de cultivo”. Los países, que se enriquecen económicamente con la inmigración y culturalmente con la diversidad, deberían echar las cuentas para fijar un contingente por cada país de emisión, de manera que, siendo el número el conveniente, esa diáspora fuera asimilando las pautas de confianza y cooperación de nuestras sociedades. No importaría tanto la cantidad de los inmigrantes, cuanto la inteligencia del proceso: los inmigrantes entrarían a medida que las diásporas fueran siendo absorbidas.

Portes y Vickstrom fueron de la confianza a la desigualdad y la xenofobia; Collier se puso en tratos con los villanos, los héroes y los supervillanos. Portes y Vickstrom propusieron una política activa de integración ciudadana; a Collier, sus elucubraciones le sugirieron una política de gestión de flujos.

Rafael Aliena

Fuente imagen: cabeza expuesta en Dynasty and Divinity: Ife Art in Ancient Nigeria, Museum for African Art de Nueva York, exposición itinerante patrocinada por la Fundación Botín (más, aquí).

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