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“A finales del siglo XIX, las ciudades europeas –escribe Richard Sennett– se inundaron de inmigrantes, al tiempo que los emigrantes europeos a Estados Unidos abandonaban el Continente. Allí donde se impuso, la industrialización creó una geografía de aislamiento, de modo que un amplísimo número de trabajadores, encerrados en la fábrica o en sus casas, sabía poco de gente que no fuera como ellos. Las ciudades industriales se iban haciendo más densas y las clases sociales, aisladas, resultaban cada vez más compactas. ¿Qué podía estimular el entendimiento mutuo en estas personas, que no se conocían siquiera entre sí a pesar de estar obligadas a vivir juntas?”.

Es aquí cuando Sennett se encuentra con uno de los padres de la sociología, pues dar respuesta a esta pregunta fue la preocupación de George Simmel (1858-1918), un extraño, un hombre marginal, uno de esos que, gracias a esta condición, puede ver lo que otros no; un judío casado con una luterana; sin vida académica por lo primero y alienado de sus raíces judías por lo segundo. “Esta calidad de extraño no le supuso sufrimiento; por el contrario, veía en ella la condición del hombre moderno y estaba convencido de que contenía una promesa”.

A la gente le gusta la comunidad y disfrutar del placer de estar juntos, entre iguales. La sociología académica nace como nostalgia de ella, como pena de verse ausente de ese calor de lo próximo y familiar, tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida. Simmel entendía mejor la diferencia y su valor que contemporáneos suyos como Ferdinand Tönnies (1855-1936) o Émile Durkheim (1858-1917).

¿Cómo conducirse con los extraños? ¿Cómo comportarse en las grandes ciudades, tan llenas de extraños, inmigrantes o no? Simmel elogió la socialidad, expresión que todavía no es común en español (la RAE no la admite). La noción comprende “la seguridad en el manejo de situaciones difíciles u hostiles, como, por ejemplo, la de diplomáticos sentados en torno a una mesa de negociaciones; los diplomáticos levan una máscara imperturbable, abierta a lo que dicen los demás, pero fría y serena, que no responde instantáneamente”. Tiene que ver con “la conducta experta en situaciones difíciles”, con el savoir faire, “expresión cuyo significado trasciende en mucho al mero saber qué vino se debe pedir en un restaurante”.

¿No se queda esto un poco corto? No para Simmel. Él contrapuso socialidad a Verbindung, palabra alemana que –Sennett nos informa– significa “conexión, unión, curación”. La socialidad “no es el acto de tender la mano a los otros; es conciencia mutua, no acción conjunta. La socialidad es otra cosa que solidaridad”.

Los radicales de principios del siglo XX adoptaron un curso opuesto al pensamiento de Simmel: “deseaban cerrar las grietas y las brechas de la sociedad mediante la acción concertada, aspiraban a la Verbindung”. El caso Dreyfus y la ola de antisemitismo que generó sacó a la luz ciertas contradicciones. Tanto en Francia como en Austria, muchos trabajadores normales y corrientes se volvieron contra los judíos, contra sus vecinos pobres y contra los judíos ricos. “Algunos radicales –escribe Sennett– abordaron esta irrupción de la violencia recomendando tolerancia, que es una virtud muy simmeliana; la socialidad pide la aceptación del extraño como una presencia valiosa en el medio propio. Otros dijeron que la simple tolerancia no era suficiente, que para superar la brecha étnica las clases trabajadoras necesitaban una experiencia más comprometida, más vinculante, como la de ir juntos a una huelga por mejores salarios”.

Se diría que, para Simmel, la solidaridad está sobrevalorada. Sennett –según creo– le apoyaría en esto. Uno y otro tienen difícil explicar qué son la socialidad, la mera tolerancia y la civilidad (palabra que, de momento, aún no ha aparecido) a un público educado en el anhelo de vínculos más fuertes y en el ideal de la autenticidad (la diplomacia es, hoy en día para muchos, pura hipocresía).

Rafael Aliena

 

Nota: referencia en las páginas de la 59 a la 63 de Juntos.

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