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Michael Gold (1894-1967) fue un novelista norteamericano, judío, comunista e hijo de emigrantes europeos. Alcanzó cierta popularidad con un libro autobiográfico que se tituló Judíos sin dinero (1930), que retrataba la vida del apiñado y pobre Lower Est End de Nueva York en la década de 1920. Es uno de esos libros que uno compra de saldo y por casualidad y que contienen algunas gemas. Las compartimos.

“Mi madre –relata Gold– era enemiga de los italianos, irlandeses, alemanes y demás cristianos que nos rodeaban.

—Mal rayo los parta a unos y a otros –decía echando llamas por los ojos–. Viven como cerdos, han echado a perder el mundo. Y odian y matan a los judíos. Podrán dárselas de amigos, pero a nuestras espaldas se ríen de nosotros. Yo los conozco bien. Los he visto en Hungría.

Una noche estaba mi padre sentado a la mesa, bebiendo cerveza y leyendo un periódico judío. En la sofocante cocina mi madre lavaba los platos, tarareando una canción popular húngara.

—Otro accidente ferroviario –exclamó dando un puñetazo en la mesa–. ¡Katie, siempre he dicho que es peligroso viajar por estos condenados ferrocarriles americanos!

—¿Qué ha ocurrido? –preguntó mi madre saliendo de la cocina con la cara y las manos humeando.

—¿Qué ha ocurrido, preguntas? –repitió mi padre en tono pedante–. ¡Pues que han muerto diecisiete personas en un accidente, en New Jersey! ¿Y quién tiene la culpa?

Mi madre se quedó horrorizada. Se enjugó la cara con el delantal y murmuró:

—¡Dios nos ayude y nos ampare! ¿Había algún judío entre los muertos?

Mi padre recorrió rápidamente la lista de las víctimas.

No –dijo–. Todos los muertos eran cristianos.

Mi madre suspiró tranquilizada y se volvió a la cocina. Ya no le interesaba. Para ella, los cristianos no eran personas: eran abstracciones”.

No nos olvidamos –retomo la palabra– de los pogromos en Europa (antes de Hitler y después). La madre de Gold recordaba como en Europa “perseguían a los judíos como conejos”.

“Pero mi madre –habla de nuevo Gold– era incapaz de sentir un odio verdadero. Por absurdo que parezca, tenía íntimas entre las italianas y las irlandesas de la vecindad. Se creía en el deber de dar explicaciones. “Éstas no son como las otras cristiana”, decía, “éstas son buenas personas”. ¿Cómo había de resistir mi madre a otro ser humano viéndolo sufrir? ¿Cómo iba a ser indiferente cuando otro lo pasaba mal? Era de tal naturaleza que se compadecía de todo el mundo, sin sombra de prejuicios. Su odio contra los cristianos era realmente el clamor de un alma maternal contra la infinita crueldad de la vida”.

Y pasa a hablar de Betsy, una vecina italiana, cuyo marido estaba en prisión por asesinato. La mujer quedó con tres chicos y sin amigos. No hablaba más que italiano. Su madre fue a visitarla por pura compasión, y aprendió a chapurrear italiano, le encontró una tienda de ropas que le daba trabajo para casa y la ayudó de varias maneras.

“Betsy la adoraba. En medio de sus miserias encontró tiempo para hacer un chal de punto y darle a mi madre una sorpresa. Lo trajo a casa una noche, y lloró, y dijo no sé qué en italiano, y le besó las manos a mi madre. Mi madre lloró y la besó a ella también. […] Mi madre apreciaba este mantón más que ninguna otra cosa”.

Gold nos narra otro episodio, uno en el que estaba implicado un matrimonio de irlandeses, él, borracho y violento, los dos, ruidosos y molestos.

“Estos eran los cristianos. Ningún judío era tan brutal. Ningún judío pegaba a una mujer. Mi madre, siempre en actividad, dirigió una campaña contra el matrimonio irlandés, para forzar al casero a que los echase.

—Tener cristianos en la casa –decía mi madre– es peor que tener zorras; mucho peor”.

Hasta el día en que apareció, pálida y tartamudeando de miedo, en la cocina de la madre, la mujer irlandesa. El niño se había atragantando con una espina y la madre le salvó.

Por la noche la madre puso fuera de sí al padre con sus profundos suspiros.

—“¡Ay, Herman –dijo, esa pobre lavandera pasa tantas calamidades!

—¡Y qué! –exclamó mi padre con desprecio–. ¡También yo las paso!

—Es una buena mujer –dijo mi madre–, aunque sea cristiana. Su marido le pega, pero ella lo compadece. No es malo: tan sólo está triste.

—¡Dios mío! –gruñó mi padre, asqueado de la lógica femenina–. ¡Así te pegue a ti también!

—Era labrador en Irlanda –continuó mi madre soñadoramente–. Odia esta vida de ciudad, pero no tienen dinero para irse al campo. Y su chico lleva años enfermo. Todo lo que ganan se les va en médicos. Por eso bebe él y le pega; pero su mujer le tiene lástima”. […]

—Y, además, Herman –dijo pensativamente–, esa mujer recogía setas en los bosques de Irlanda. Lo mismo que yo en Hungría.

Rafael Aliena

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  1. […] una lástima dejar que Gold se nos vaya sin más. Pidámosle un poco, unas palabras de más (ya tenemos el “ellos y nosotros”). Está, por un lado, el Gold agitador, el airado crítico social: “América es tan rica y tan […]

  2. […] una vez has jugado al fútbol con niñas con hiyab, estarás más abierto al islam en general, y cuando una mujer judía ha hecho amistad con una mujer irlandesa y desamparada, es fácil que pierda los atávicos prejuicios contra los […]