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¿Necesita la confianza y la cooperación de la lealtad básica? Prima facie y mientras no se demuestre lo contrario, sí. Tendemos a pensar que las hace más fáciles, que un nativo confiará más en los extranjeros si estos exhiben cierta adhesión a su corpus nacional (o quizá tan solo civilizatorio) y que al extranjero que haga suyas algunas de las creencias de la sociedad de acogida le costará menos confiar en los nacionales. Recordamos sin embargo los tratos históricos, incluso dentro de una gran unidad política (imperio o Estado), entre gentes con corpus de creencias muy dispares, personas cuya lealtad era –para entendernos– muy básica, lealtad a muy pocas cosas, y ello nos vuelve cautos (el imperio austro-húngaro, el otomano, etc… con los imperios uno siempre encuentra ejemplos).

Todo esto son cavilaciones o especulaciones, lo que, por cierto, no les resta utilidad (o mejor: lo que no significa que estemos perdiendo el tiempo con ellas). Hemos de admitir que no sabemos mucho al respecto de cómo funcionan estas relaciones.

En ciencias sociales, nadie vendrá a darnos certezas, pero hay algunas personas que sí lo han intentado para una segunda pregunta sobre la confianza y la cooperación que luego formulo, la que de verdad nos interesa (los dos párrafos anteriores lo eran para asegurar la conexión con la entrada anterior). Estos individuos, con la modestia debida, se han atrevido a formular generalizaciones empíricas (donde hay A, sucede B… habitualmente, seguramente, en la mayor parte de los casos) y argumentar que B es un mal de algún tipo (o que no lo es), ya para la sociedad en general o sus componentes en particular, ya para un colectivo (las ciencias sociales se ocupan de las cosas que van o creen ellas que van mal).

Estos sujetos se han aventurado también a ofrecernos alguna explicación de por qué las cosas son como son (qué es lo que lleva de A a B; ese algo, llamémoslo C, es conocido como el mecanismo, aquello que une la causa A con el efecto o consecuencia B), y lanzar a la vida y exponer a los depredadores algunas posibles soluciones o remedios para el mal detectado (sea la falta de confianza, sea la de cooperación, sea la falta de ambas), soluciones que han de parecer muy buenas a unos y muy malas a otros.

La pregunta que tenemos pendiente es más bien un ramillete de ellas. ¿Merma la inmigración (A) la confianza que las personas se tienen entre sí (B)? ¿Trae la inmigración (A) un declive o merma de la voluntad, capacidad y virtud para cooperar con los extraños (otro B)? ¿Constituye la merma de confianza, el declive de la cooperación o ambas un mal y de qué tipo? ¿Por qué se pasa de A a B? ¿Cuál es el mecanismo? (nuestro C). Si tenemos un mal, ¿qué solución hay para él?

Conviene antes aclarar que hay dos tipos de confianza, la particular (yo me fío de Fulanito, porque lo conozco bien y sé de él, porque tengo referencias por mi cuñado o porque en el barrio se dice que es un hombre de palabra, cabal y trabajador) y la social o generalizada (me fío de la gente en general). Este segundo concepto, la confianza generalizada, puede venir referido no a “todos”, a todos los seres humanos con los que me encuentro o me veo obligado a un intercambio (en una compra o en una relación administrativa), a todos pues en el sentido estricto de la rotunda palabra, sino a “todos los míos”, a todos los que exhiben actitudes o conductas como los de mi gente (que yo, por lo tanto, sabré leer; ante las cuales me muestro competente, pues me han formado para ello), o tienen ciertas propiedades físicas, hablan un idioma, practican una religión o visten de un modo particular, ya sean los míos los blancos, los hispanos, los antillanos, los italianos, los católicos, los musulmanes, etc. (el grupo de referencia, si es que solo hay uno, de un español de Fuentealbilla, provincia de Albacete, emigrante en el extranjero puede ser uno u otro dependiendo del contexto, territorio, circunstancias, particularidades de carácter o de personalidad, tiempo histórico, etc.).

En ambos casos, esta confianza es confianza en extraños (en inglés, strangers), esto es, en personas que no conozco personalmente o que no conocen mis próximos (podríamos decir incluso personas de cuya reputación no sé nada). Resulta obvio que, puestos a hablar de extraños, la lengua corriente y las costumbres mentales al uso dirán sin temor alguno que un extranjero (foreigner) cuyo idioma materno no es el mío, que procede de un país con costumbres y pautas mentales muy diferentes y que practica una religión ajena (ya un sij, ya un mahometano), es un radical extraño para mí. En la extrañeza y la ajenidad también hay grados.

Pues bien, nos interesará la confianza generalizada, en este doble sentido: la confianza social (recordemos que también puede ser llamada de este modo) hacia los propios y la confianza social hacia los miembros de otras etnias o grupos de referencia (para otras personas sobradamente diferentes de mi persona), esos radicalmente extraños mencionados antes.

Hay otra de esas exacerbantes cuestiones previas que siempre retrasan el desenlace e introducen complicaciones. No hablamos del pasado (se diría que lo práctico aquí es dejarlo en paz), sino de lo que está ocurriendo en la actualidad. La pregunta no es: ¿ha erosionado la inmigración, en el balance global que pueden hacer los norteamericanos sentados en el porche de sus casas o en los escalones de acceso a su edificio, tras dos siglos de masivas migraciones, ha erosionado a la larga la inmigración –nos preguntamos– la confianza y ha hecho disminuir la cooperación entre extraños? La pregunta es otra: ¿puede tener estas consecuencias la inmigración reciente y próxima en los años a venir, esto es, en el corto plazo? No es que a largo plazo, todos muertos (como parece que contestó el economista Keynes en alguna ocasión), sino que las tensiones, conflictos y males que preocupan son los que veremos en los próximos años, aquellos que quienes, ya mayores y con el testamento redactado, saben que dejarán a sus hijos y nietos. Poco nos importa que el Nueva York de hoy sea un lugar magnífico (si es que lo es) donde parece que conviven etnias y gentes varias, sino que nos importa el Nueva York de Scorsese (incluso aunque cargara las tintas), el de la ciudad que en 1863 estaba dominada por la corrupción política y la guerra entre bandas que provocaba muertos y disturbios, nos interesan pues las vidas maleadas, el tejido social roto, la violencia y la pobreza de aquellos contemporáneos (y que nadie saque las cosas de contexto: no se sostiene que eso es lo que nos ocurrirá con la inmigración actual).

Al final, como sucede tan a menudo y más allá de los apoyos empíricos (y aquí cada cual cuenta con los suyos), se reproduce una vieja ruptura, la que dejó a un lado a quienes piensan en tiempos cortos y al otro a quienes miran a lo lejos, y la que dividió a la gente entre, por una parte, quienes confían en que las sociedades, resilientes ellas como los niños maltratados, siempre salen adelante, refundándose, recreándose, con dolores de parto tal vez, pero dolores que no han de ser exagerados, con cambios, con pérdidas, a qué decir, y con ganancias, con ventajas mucho mayores, y entre, por otra parte, quienes desconfían, se aferran a lo poco o mucho que tienen y poseen una imaginación viva para la catástrofe. Unos pecan de optimismo, son casi cómicos (de comedia feliz) en su fe en el futuro y apenas echan una lágrima o rinden un minuto de homenaje a los tiempos que se van, sin ser conscientes del todo de que han sido la sustancia viva de millones de personas; los otros, padecen la enfermedad de quienes, ya no cómicos sino dramáticos, no pueden imaginar nada bueno en aquello que no conocen o controlan.

Rafael Aliena

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