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Los socialdemócratas suecos desde 1920 asociaron el término Folkhemmet (la casa del pueblo, del Folk) al Estado de bienestar. En su visión, la sociedad debía ser como una pequeña familia o un buen hogar en el que todo el mundo haría su contribución. La igualdad y el entendimiento mutuo lo presidirían y las divisiones de clase desaparecerían. Hay que recordar que los socialdemócratas gobernaron Suecia ininterrumpidamente de 1936 a 1976.

La tesis de que cierta homogeneidad social o cultural era necesaria para el Estado de bienestar y que el sueco era fuerte gracias a que la tenía, ha sido moneda corriente hasta el presente. Legrain la pone en cuestión en su capítulo “Forastero, ¿tiene una moneda?”, en donde contesta a Goodhart.

Defiende Legrain que éste se ha dejado atrapar por la derecha. La derecha –dice él– quiere poner en aprietos a la izquierda insistiendo en que debe elegir entre dos de las cosas que valora: la solidaridad y la diversidad. Sin embargo, ni la izquierda ni la sociedad en general tienen por qué elegir. Contrariamente a los argumentos de Goodhart y Willetts, defiende Legrain, el respaldo al Estado del bienestar no se basa únicamente, ni siquiera principalmente, en un sentimiento de afinidad con los conciudadanos. Una sociedad étnicamente más diversa tampoco es necesariamente menos solidaria. La yuxtaposición simplista de Estados Unidos y Suecia no prueba nada: Londres, Nueva York y Canadá tienen una increíble diversidad y, al mismo tiempo, muestran mucho mayor respaldo al gasto social que lugares como Surrey, Wyoming o Irlanda, donde la uniformidad es mucho mayor.

Recuerda Legrain que la solidaridad social no es sólo cuestión de altruismo, sino que lo es también de miedo al socialismo o al desorden social, rechazo de la fractura social, cálculo de interés propio, búsqueda de seguridad y necesidad de mutualizar los riesgos sociales, convicción de que el resultado final es más eficaz, etc. Le leemos: “el sistema de asistencia social universal no sólo ofrece a los ricos seguridad frente a los pobres, sino que ofrece a todo el mundo seguridad frente al desempleo, la enfermedad y la vejez”; “la gente respalda el NHS [Sistema Nacional de Salud], no sólo porque les preocupa que todo el mundo pueda acceder a la asistencia sanitaria, sino principalmente por su propio interés, ya que consideran que un sistema de asistencia sanitaria financiado por el Gobierno funciona mejor y es más barato que un sistema de seguros privado”; “puedes odiar y despreciar a tu vecino desempleado y aun así estar dispuesto a pagar sus prestaciones por desempleo si temes que algún día seas tú quien pierda su empleo, o si te aterroriza que, si no lo haces, tu vecino sin blanca te robe”.

Aun así, admite Legrain, Goodhart tiene toda la razón cuando dice que habitualmente la gente está más dispuesta a ser generosa con aquellos con los que se siente más solidaria, y que eso sucede cuando existe afinidad. Puede que sea el caso, pero no es necesario que ocurra de este modo. La respuesta de Legrain, en tres pasos, es: las sociedades étnicamente homogéneas no siempre están repletas de amor fraternal: es muy posible que sus miembros se despedacen unos a otros; las sociedades diversas pueden ser más liberales y compasivas; la solidaridad puede basarse en mucho más que en el origen étnico. Y añade: “Si, en general, a los inmigrantes se les considera honrados, justos y trabajadores, ¿por qué tendría que socavar su presencia el apoyo político al sistema de asistencia social? Y, a la inversa, si se cierran los canales legales a la inmigración y a los inmigrantes no les queda más remedio que acudir a la ilegalidad, posiblemente se tenga de ellos una imagen negativa, lo cual socavaría el estado del bienestar”.

Rafael Aliena

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