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La semana pasada podíamos leer cómo el fantasma del populismo recorre hoy Europa. Potente en su sencillez, pero a la vez complejo y polisémico, el populismo, mecanismo al que recurrieron siempre los extremismos políticos, no puede ni debe ser en la actualidad –se afirmaba– despachado con facilidad identificándolo inequívocamente con la “extrema derecha”. Rafael Cid nos explicaba cómo en España, por algunas razones particulares, no cabe hablar de la existencia de una derecha de esas características, a diferencia de lo que parece estar sucediendo en otras partes de Europa.

Quizás está por verse, o por cuantificar, pero en un reciente documental emitido por la televisión catalana se llamaba la atención, ya desde el título del mismo, acerca del resurgimiento o retorno de movimientos de extrema derecha que se consideraban desparecidos del viejo continente y de los que tan sólo quedaban algunos grupúsculos, vestigios de un pasado no muy lejano, que la mayoría de nosotros asociaría más a un mundo pretérito que al momento actual.

A la vista del reportaje, y pese a lo efectista de algunas imágenes, no parece que sean numerosos. Sin embargo, ahí están, por lo visto no sólo en Grecia.

Si nos interesan aquí es porque se trata de movimientos que hacen precisamente de la identidad y del cierre cultural su bandera, que defienden una idea clara y bien definida de la ciudadanía –reduccionista y limitada si se quiere– pero muy concreta y asequible. Saben extraer los mayores réditos de la contraposición entre el ellos y el nosotros, y quizás ahí radica gran parte de su fuerza.

Ángel Polo

1 Respuesta

  1. Me resulta como mínimo curioso la poca visibilidad que se le está dando a la presencia de los movimientos de extrema derecha. Más que nada porque en valencia lo vivimos de primera mano… Creo que ignorarlo o hacer como si a nosotros no nos tocara es una forma de que no nos preocupemos… a nosotros no nos puede pasar… Debemos estar despiertos y conscientes de que esto sí existe y que puede tomar un calibre que ni nos imaginamos.