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Cooperar sin confiar, la confianza como un plus, incluso casi como algo irrelevante. La solidaridad orgánica de Durkheim frente a viejos comunitarismos, una cohesión social que se funda en los valores compartidos y en el reconocimiento de un orden normativo común, el Estado como garante, que ofrece (debería haber ofrecido) justicia al judío Shylock, etc. Todo bien, pero el mueble tiene carcoma.

Hoy acompañamos a Eréndira, una veterana profesional de lo social. Entiende bien lo de un Estado que es garante de la ley, los contratos, la equidad, etc., pero no alcanza a ver quién “asegura” esos valores compartidos y ese orden normativo común que fundan la cohesión social.

No tiene imaginación para lo grande. Normas son para ella las normas de vecindad, de buena convivencia, de reciprocidad, de confianza. Ha oído hablar de una ética mínima, aquel terreno compartido en el que nos pondríamos todos de acuerdo (que ya es mucho decir), con independencia de nuestra nación, comunidad, tradición, religión, preferencias personales, etc., pero ella piensa en las normas a las que está acostumbrada, las que rigen su vida y las de sus conocidos. Sabe que con ellas no se acaba el mundo y que no hay nada que dure cien años, que todo lo sólido se desvanece en el aire y que la tradición es una invención (está leída, desde luego); cuando quiere darse aires de entendida, ella también es una “construccionista”, una de esas que dicen que nada tiene ni sustancia ni esencia y que somos los humanos quienes creamos los significados de todo. Otros días, crítica con ella y con los suyos, harta de palabras huecas y de las sempiternas mismas frases y latiguillos, se pregunta por qué con sus hijos es medianamente “tradicional” y en el trabajo, “moderna” como el que más, progresista por definición, porque en la vida no se puede ser otra cosa.

En fin, que esta profesional lee con agrado nuestras entradas y asiente ante los hallazgos y reconsideraciones de las ciencias sociales (Portes, Vickstrom, Herreros Vázquez, Álvarez-Miranda), pero sigue preguntándose por quién asegura las normas.

El abuso, la manipulación, el engaño, la humillación, la injusticia, la molestia en los tratos del día a día, la incivilidad, esos males que no están tipificados ni castigados por la ley, males ante los que el Estado, tan pequeño para lo grande y tan grande para lo pequeño, no puede ni debe hacer nada, esos males son la materia de que están hechos sus intereses. No piensa en socios comerciales, en usuarios de la sanidad, en clientes de una entidad financiera o en contribuyentes a la Agencia Tributaria, sino en personas concretas, unas nacionales, otras extranjeras, conviviendo en las escaleras, en las calles, en los bares, en las ligas de fútbol, en las iglesias, en los colegios, etc. Pone cara a las situaciones, nombre, fecha.

Sabe de la existencia de personas que incumplen las normas y lo dice, pues en su despacho la sociedad bulle sin máscaras ni disimulos y los litigios y agravios se exponen con detalle. Cuando le preguntan por quiénes son, dice que de todo hay. Cuando le aprietan para saber si españoles o extranjeros, repite que de todo hay. Teme insinuar que algunos de los casos nuevos (los problemas de convivencia que plantea la etnia gitana son viejos y han cambiado poco, desgraciadamente), casos que le han obligado a emplearse a fondo, enredan a extranjeros en una proporción alta. Lo teme porque siente en sus entrañas una poderosa fuerza gravitatoria, la suma del peso del relativismo cultural (“bueno, en sus culturas es así”) y del peso de su miedo a aparecer como “agente del orden” (¡ella, que lució en su carpeta estudiantil aquel “Prohibido prohibir”!) o aguafiestas (viejo reproche desde la adolescencia). Ella además quiere ser tenida por una buena persona.

Un día lee a Paul Collier, algunas páginas de Éxodo. Inmigrantes, emigrantes y países, un libro de 2013. Este británico de origen alemán replantea la lógica de la acción colectiva y el viejo asunto del gorrón, aunque él habla del milagro de la cooperación y del villano.

La acción colectiva no puede darse por supuesta porque no es natural; la gente echa sus cuentas y arrima el hombro si sale ganando (solo si es así). Aunque otros recomiendan la constricción (obligar y prohibir ciertas conductas) y la persuasión educativa y moral (uno hace lo que está bien, porque sí), los economistas de juegos y los experimentales, en las décadas de 1970 y 1980 y después, privilegiaron el incentivo.

Todos pagamos el billete del autobús, excepto algunos que no, que viajan gratis gracias a que la empresa de transportes existe, y existe gracias a nuestros pagos; en la misma línea, todos respetamos el carril del transporte público, excepto algunos gorrones que se libran del embotellamiento gracias a que el resto cumplimos la norma.

Collier sabe de lo extraña que es la cooperación. Quienes hemos crecido en países como el nuestro (sí, incluso en España) la damos por supuesta y no tenemos ojos para el milagro.

Sabe también este autor que la cooperación funciona a pesar de que haya gorrones (siempre que su número no sea muy grande). “¿Por qué debería tomarme la molestia de ayudar, si voy a disfrutar igualmente de la paz social, la fiesta en la calle, el alumbrado público, la seguridad en el barrio, el ambiente de confianza e ilusión por el futuro, etc.”, se preguntan algunos.

Collier no acude a los incentivos para los gorrones. No hay fomento o estímulo que tuerza a estos sujetos y más cuando de asuntos menores (microsociales) se trata. El peso de la ley no puede caer sobre el maleducado, el receloso o el mal encarado. La persuasión opera a largo plazo, pero… es que hablamos de cosas muy de la vida cotidiana: el respeto del descanso del otro, la veracidad, la justicia en los tratos pequeños, la maledicencia, el honor de la palabra dada, el dar la cara, el sonreír en ciertos encuentros, el no explotar la vulnerabilidad del otro, etc.

Collier busca en el héroe, en la heroína, la solución. “La persistencia de la cooperación –escribe– depende de algo más que de la benevolencia generalizada: el ingrediente vital es que también haya un suficiente número de personas [heroicas] que hagan un esfuerzo extra, y este esfuerzo consiste en castigar a quienes no cooperan. En la mayoría de las sociedades modernas, la gente se ha vuelto cada vez más reacia a criticar el comportamiento de los otros. Sin embargo, el rostro reconfortante de la benevolencia depende de una minoría severa y crítica: castigar sale caro, así que la gente sólo estará preparada para hacerlo cuando haya interiorizado lo suficiente no solo la benevolencia, sino también la indignación moral hacia los oportunistas” (págs. 80-81), esto es, hacia los villanos, los gorrones.

Los villanos son malos, pero los supervillanos son extremadamente malos. El supervillano es aquél que “en lugar de sentir indignación moral hacia quienes minan la cooperación, la sienten hacia las personas que intentan reforzarla”. El supervillano puede que se oponga ideológicamente a la cooperación, creyendo que el individuo lo es todo, de suerte que quienes intentan reforzar la cooperación se convierten, a sus ojos, en enemigos de la libertad. Si no es ésta la razón de su oposición, puede que lo sea el hecho de que algunas personas consideran que ser castigadas es una afrenta a su honor, aun cuando sean culpables de los cargos que se les imputan. Quizá tan solo esté operando en ellas una lealtad personal predominante hacia los otros, aunque sean oportunistas, razón por la cual se indignan con quienes los castigan por serlo.

Interesante, se dice a sí misma nuestra Eréndira, pero ¿y si la mayoría de los villanos son inmigrantes?, o simplemente, ¿qué hacer cuando lo son? “El castigo podría interpretarse [y es como si Collier estuviera leyendo su mente] como discriminación, y la gente sería más reacia a castigar. Además, otros miembros del grupo de inmigrantes podrían malinterpretar el castigo al oportunismo como discriminación contra su grupo, con lo que ellos mismos castigarían a quienes castigan para imponer la cooperación” (pág. 93).

Eréndira se va a un concierto. Mañana seguirá con su lectura. Apura no obstante la copa: “Un motivo por el que los “supervillanos” destruyen con tanta eficacia el capital social es que no hace falta un gran número de ellos para alterar el comportamiento” (pág. 103).

Rafael Aliena

 

Fuente: Ilustración de Gustave Doré para una edición de los cuentos de Pérrault (1862) (véase completa). El personaje es Barba Azul, supervillano y asesino de mujeres en los cuentos populares.

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  1. […] de campaña. Esta conducta de castigo a los transgresores de la cooperación es, para Collier, como bien sabemos, esencial para seguir logrando buenos […]