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En la plaza pública se representa una farsa en la que diferentes personajes se burlan de un extranjero desharrapado, a quien se engaña de continuo, “con grande risa y entretenimiento de los presentes”. Ninguno de cuantos asistían “se comidió a ayudarle”, ninguno se compadecía de él. Andrenio, “dando palmadas, solemnizaba la burla de los unos y la necedad del otro”. Critilo, su maestro, no solo no se ríe sino que solloza ante tal espectáculo.

—¿Qué tienes? –le dijo Andrenio–. ¿Es posible que siempre has de ir al revés de los demás? ¿Cuándo los otros ríen, tú lloras, y cuando todos se huelgan, tú suspiras?

—Así es –dijo él–. Para mí ésta no ha sido fiesta, sino duelo; tormento, que no deporte. Y si tú llegases a entender lo que es esto, yo aseguro me acompañarías en el llanto.

—Pues ¿qué es esto –replicó Andrenio– sino un necio, que, siendo extranjero, se fía de todos y todos le engañan, dándole el pago que merece su indiscreta facilidad? De eso, yo […] quiero reír […].

—Y dime –le replicó Critilo–, y si fueses tú ése de quien te ríes, ¿qué dirías?

—¿Yo? ¿De qué suerte? ¿Cómo puedo ser él, si estoy aquí vivo y sano, y no tan necio?

—Ése es el mayor engaño –ponderó Critilo–. Sabe pues, que aquel desdichado extranjero es el hombre de todos y todos somos él.

No es éste, ciertamente, un canto al humanitarismo, sino una ocasión para exponer una visión desengañada del mundo, claramente barroca: “Entra en este teatro de tragedias llorando. Comiénzanle a cantar y encantar, con falsedades. Desnudo llega y desnudo sale…”. Su autor, Baltasar Gracián, y la obra, El Criticón, una vasta alegoría de la vida humana publicada entre 1651 y 1657.

Fuente imagen: aquí.

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