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“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma […] ¿Qué partido de oposición no ha sido motejado de comunista por sus adversarios en el poder? ¿Qué partido de oposición a su vez, no ha lanzado, tanto a los representantes de la oposición, más avanzados, como a sus enemigos reaccionarios, el epíteto zahiriente de comunista?”.

Son las primeras palabras del “Manifiesto del Partido Comunista”, escrito por Marx y Engels como programa de la Liga de los Comunistas, publicado por primera vez en Londres en febrero de 1848.

El fantasma del populismo recorre hoy Europa, en 2014, amenazador, inquietante, probablemente más complejo de lo que queremos pensar cuando lo despachamos como “extrema derecha” (fuera del caso griego y de algún otro). Es fácil lanzar ese “zahiriente epíteto”; es cómodo pelearse con un muñeco de paja, ganar medallas desde el campo de batalla de la salita de casa.

En la radio española con más oyentes, alguien compara a la francesa Marine Le Pen y sus propuestas con el régimen colaboracionista del mariscal Pétain, sin reservas, sin añadir un “salvando las distancias” ni nada parecido. Queda bien, ingenioso, culto, pero es que estamos en el siglo XXI. Resulta extraño que la luz la encuentre uno en una pequeña radio, Radio Klara, libre y libertaria. En ella Rafael Cid habla de un voto, el populista, que castiga a los partidos dominantes (en España, los populares y los socialistas), ambos “austericidas”, y que traduce el descontento de los jóvenes y de muchos trabajadores. Estos partidos crecen porque el establishment no ha construido una democracia sólida y no ha puesto empeño en formar ciudadanos preparados y conscientes. Por otro lado, matiz, matiz, no hablemos a la ligera… Cid dixit. Tendrá razón o no, pero se agradece oír palabra nueva.

La imagen con que se ilustra esta entrada es del cuadro El pelo (2006), de Anselm Kiefer, fallecido a los treinta años (para verlo bien). Representa una llanura infinita y desierta en invierno. Del suelo cubierto de lodo emergen cruces dispuestas en filas que se extienden hasta el horizonte. Es el mundo tras una catástrofe. Tres sillas “flotan” suspendidas sobre el centro de este páramo. En una de ellas, hay un manojo de leña; en la otra, una maraña de pelo humano negro; la silla central está vacía. Kiefer ahonda en el tema de la culpa y la responsabilidad, pero también plantea la siguiente pregunta: “¿Puede la cultura alemana existir sin los judíos?”.

Forma parte de una exposición de título muy sugerente: Everybody is Nobody for Somebody (Todo el mundo es nadie para alguien), un proyecto de TF Interactiva.

Rafael Aliena

0 Respuestas

  1. […] semana pasada podíamos leer cómo el fantasma del populismo recorre hoy Europa. Potente en su sencillez, pero a la vez complejo y polisémico, el populismo, mecanismo al que […]

  2. […] Los iguales eran, pues, los franceses, pero, sobre todo, ciertos franceses. Barrès se movió entre la izquierda y la derecha y mostró un firme rechazo de la plutocracia, de “los señores feudales” y del orden oligárquico, algo que es muy propio de cierto populismo, y muy característico también de los períodos de posguerra. Asunto –añadimos– que es muy actual. […]

  3. […] nuestra opción (entradas anteriores: una, dos y tres) con la ayuda de dos grandes pensadores y escritores. “Isaiah Berlin [1909, 1997, el […]