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Hagamos un experimento mental. Pensemos en los “inmigrantes”, rápidamente, sin preparación ni alerta. A buen seguro que nos vienen a la mente imágenes de desvalimiento o desposesión, rostros que hemos visto o que nos figuramos, o asuntos más abstractos como la pobreza, la exclusión social, la desigualdad y la discriminación.

Olvidamos que en las migraciones hay muchas personas que se valen por sí mismas, se adaptan, muestran fortaleza física y mental, poseen cualificación y, en conjunto, son titulares de una elogiosa dote de recursos (en ocasiones, por encima de la de muchos nacionales). También olvidamos que las migraciones comprometen también otros asuntos: el intercambio, la confianza, el pluralismo, etc.

Sigamos con el experimento. A poco que uno pertenezca a una profesión de ayuda, tenga sensibilidad social o sea una buena persona (y se pueden reunir las tres condiciones al mismo tiempo), pensará en los problemas sociales de esas personas y en el modo de remediarlos.

¿Hay algo de malo en ello? Olvidamos que muchas de esas personas no serán nunca objeto de una intervención “social” (la que asoma tras todas aquellas imágenes y ese foco en los “problemas” sociales). La idea de que el mundo y lo que sucede o deja de suceder en él puede ser reducido a una lista de “problemas” y que cada problema tiene su solución, empobrece con frecuencia nuestra mirada.

Las migraciones son, no solamente una cuestión “social” (en realidad, hoy en día todo es “social”), sino un asunto político, ético y religioso que merece, junto al habitual, un acercamiento “filosófico” y una conversación menos técnica y menos apremiada por la búsqueda inmediata de soluciones. Un asunto, por otro lado, que tiene tanto o más que ver con la “condición humana” como con la condición de los inmigrantes.

Conviene ver, por otro lado, las migraciones en una larga línea del tiempo. Las migraciones de las últimas décadas introducen elementos nuevos en una larga conversación que no hemos dejado de mantener sobre los derechos y las obligaciones, las cualidades que se espera tenga el ciudadano, la participación, la identidad, la cooperación, la convivencia, la nación, la integración social, el mantenimiento de una sociedad libre y plural, etc. No olvidemos, además, que por esa “novedad” ya hemos pasado anteriormente.

Para la primera cuestión, visitemos a Johann Gottfried von Herder (1744-1803), filósofo, teólogo y crítico literario alemán cuyos escritos contribuyeron a la aparición del romanticismo alemán. Tenemos de él la presentación que hace uno de sus grandes intérpretes, el filósofo político Isaiah Berlin (1909-1997):

El pensamiento de Herder está dominado por el convencimiento de que entre las necesidades básicas de los hombres figura la de pertenecer a un grupo, una necesidad tan elemental como la de alimento o de procreación o de comunicación. Herder argumentaba […] con gran riqueza de ejemplos psicológicos e históricos, que toda comunidad humana tenía una configuración y un diseño únicos. Sus miembros nacían en la corriente de una tradición que conformaba su desarrollo emotivo y físico al igual que sus ideas. […]

Las ideas, el arte, las formas de vida, las actividades y costumbres humanas, tenían valor para los hombres (y debían tenerlo) no en función de criterios atemporales, aplicables a todos los hombres y a todas las sociedades, independientemente de la época y del lugar, como enseñaban las lumières francesas, sino porque eran suyos propios, expresiones de una vida local, regional, nacional, y les hablaban a ellos como no podían hablar a ningún otro grupo humano. […]

El universalismo, al reducirlo todo al mínimo común denominador que se aplica a todos los hombres en todas las épocas, privaba a vidas e ideales de ese contenido específico que era el único que les daba sentido.

Hoy reaparece esta preocupación, y no sólo bajo la forma de los nacionalismos contemporáneos (que en España conocemos bien), sino bajo diferentes denominaciones en el contexto de unas sociedades que se han vuelto más plurales con la llegada de un significativo contingente de extranjeros.

Lo importante es darnos cuenta de que estamos hablando de lo mismo. Los escritos de Herder no lo fueron en respuesta a la llegada de inmigrantes; se publicaron, por supuesto, antes de la formulación de cualquier política de la identidad, el reconocimiento o el multiculturalismo, que son las respuestas contemporáneas que algunos autores proponen para la defensa de las culturas minoritarias en el seno de una sociedad, que estudiaremos en su momento en el máster.

Acudamos ahora al británico Terry Eagleton (nacido en 1943), un teórico de la literatura y crítico literario. Él publicó en 2008 un libro titulado Trouble with Strangers: A Study of Ethics, en el que recorría la manera en que los pensadores desde el siglo XVIII se han planteado cómo acercarse a los “extraños” y qué les debemos y por qué. Los “extraños” (strangers) son las personas a las que no conocemos, aquellas a quienes no nos atan obligaciones familiares, de amistad, locales o contractuales. Por este libro transitan los ilustrados escoceses, Kant, Schopenhauer y Levinas, entre otros muchos, cada uno con su propia respuesta.

Hoy volvemos a hablar de lo mismo, pues ¿qué es un extranjero sino un radical extraño para nosotros? Las respuestas vuelven a ser muchas. Lo importante es que nos demos cuenta de que con la inmigración de las últimas décadas no hemos cambiado de conversación. Como mucho, hemos introducido elementos nuevos en ella. La gran cuestión ética (en dar una respuesta a “qué hacer” con los extraños, consiste la ética, al menos para Eagleton) sigue en pie, en un contexto, si se quiere, diferente, y con presiones que tal vez no nos dejen tener una sosegada, paciente y tolerante conversación.

Cuando, por otro lado, decimos que por esta “novedad” ya hemos pasado, ¿estamos pensando en los períodos anteriores de migraciones masivas y en el desplazamiento de impensables contingentes de población de unos territorios a otros tras, por ejemplo, cada una de las dos Grandes Guerras, por hablar solamente de Europa? Sí, en parte sí. No podemos empezar un máster de estas características como si el hoy hubiera empezado ayer mismo. Ya hemos pasado por ahí, con bastante más coste humano y sufrimiento que los actuales. Podemos aprender del pasado.

Pero hay otra razón, menos evidente de por sí. Los elementos nuevos que introduce el hecho migratorio no son, en naturaleza y número, muy diferentes de los que trajeron la industrialización, la mundialización de la economía en el período de entreguerras, la urbanización y, en particular, la aparición de las megalópolis, la cultura de masas, etc. Todas estas transformaciones obligaron a los Estados y sus sociedades civiles a repensarse y adaptarse.

Hemos dejado atrás las grandes turbulencias y las enormes transformaciones y, con olvido de la historia, que ya no se enseña o se enseña mal en las escuelas, afrontamos desarmados y temerosos cualquier cambio, sin referentes. Las respuestas van desde el repliegue defensivo hasta el salto más universal, el que quiere disolver las fronteras y que empecemos de nuevo la partida. Conectar bien con esa larga conversación y poner los pies en la historia quizá nos ayude a encontrar soluciones intermedias, híbridas, equilibradas, menos defensivas y menos ideológicas, menos “puras” también. No podemos esperar una solución única ni final. El tiempo, el estudio, el encuentro con los otros y la lectura paciente nos ayudarán, como individuos y como sociedad, a ir inventando el futuro sin esa sensación de que “todo empieza hoy”.

Rafael Aliena

 

Fotografía: Terry Eagleton, mencionado en el texto (fuente).

1 Respuesta

  1. Es una buena reflexión… A veces hablamos de la migración y la problematizan los medios como un acontecimiento que se da en la actualidad. Y a veces se habla de tal concepto con sorpresa y miedo… Pero simplemente hay que echar una mirada al pasado, un pasado no muy reciente, para ver que las migraciones han sido una realidad constante y continua.

    Hay nuevos conceptos que se añaden a la migración, pero es un hilo conductor histórico.

  2. […] palabras que el británico Terry Eagleton aplica a la novela, aunque referidas a “una sociedad” y no a “la humanidad”. Del libro del […]