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Putnam y Portes combaten en batalla dialéctica y la guerra no la gana nadie. El frente está estabilizado y los soldados de a pie, desconcertados. Algunos llevan años trabajando la confianza, con más o menos conciencia de ello, creando lazos, levantando puentes, construyendo reputaciones, emitiendo señales de confiabilidad a favor de los recién llegados, ya personas, ya colectivos, animando la vida asociativa y convenciendo a unos y otros de que se impliquen en ella, etc. Comprenden bien a Portes, pero, si se alistan en su ejército, ¿qué papel les queda? Pueden ser activistas sociales en pro de la igualdad, una mejor planificación urbana y unas buenas políticas de integración ciudadana y pueden desarrollar prácticas de persuasión contra el estereotipo y el prejuicio, la xenofobia y el racismo. A algunos eso les hará sentir que les llama el mando para participar en la estrategia; que los superiores ponen en sus manos la táctica de combate; que salen de las labores menores de –digamos– logística militar. Se sentirán importantes. Con todo, la mayoría duda; el honor les impide desertar; la costumbre es muy fuerte y, aunque sin el aura de lo grande, han cobrado apego a sus pequeños logros con cada una de las personas singulares con las que trabajan.

Los más sabios de entre ellos saben conciliar lo uno y lo otro y no se dejan intimidar. Durkheim se les queda grande, por mucha razón que lleve. Que el cemento de la sociedad sea la solidaridad orgánica y no la mecánica no niega el hecho, para ellos evidente de por sí, de que las personas concretas necesitan de lazos (que les dan calor) y de puentes (que les permiten acceder a los recursos de otros mundos sociales) y que los vínculos interpersonales, la confianza, la reputación, la fama, el crédito, el honor, el secreto, la reciprocidad y demás cuentan en la vida de la gente. Si no fuera así, habría que explicarle al conde de Montecristo que el hecho de que confíe o no en su mayordomo Bertuccio (y viceversa) es algo irrelevante, para sus metas (la justicia, la venganza), para su ser, para su seguridad, un añadido, un plus; habría que decirle a Bertuccio que sus palabras, “Si queréis volver a vivir entre los hombres libres, volved a aprender a dar vuestra confianza, al menos a mí, sin reservas”, son paparrucha, tontería, estupidez, materia sin sustancia.

Para estos sujetos que dudan, una autora que ya salió al escenario, Berta Álvarez-Miranda, ayudará. Para empezar, antes de entrar en harina, paguemos tributo. Es una académica que siempre pone cordura, por ejemplo cuando apostilla: “Cabe preguntarse también en qué medida la desconfianza generalizada tiene [para España] como causa la rapidez del flujo inmigratorio, más que la diversidad étnica en el sentido estático en que la concibe Putnam”. No confundir la velocidad (y de esta magnitud va el asunto) con el tocino, no mezclar cosas dispares, no confundirlas, es una muy buena recomendación.

Acudimos a ella porque sabe reconciliar (se queda con Putnam y se queda con Portes) y no se deja intimidar (por lo grande). Acudimos a ella porque nos da color, historias, palabras y risas. Leámosla y dejemos reposar el arroz.

“El trato personal –ha escrito ella– es el que consigue horadar en algunos puntos la desconfianza generalizada. Nativos e inmigrantes coinciden en entender que solo el trato personal puede superar la extrañeza interétnica inicial. Los primeros sienten que su espacio ha sido “invadido” por gentes nuevas “que son tantos que no sabes ni quién son” y exhiben una panoplia de estereotipos nacionales negativos. Los segundos se esfuerzan por “darse a conocer” para ser “aceptados como personas” burlando la influencia del temor a los inmigrantes, en general, y de los estereotipos nacionales, en particular, en la percepción que de ellos tengan los españoles”. “Para muchos […] sus buenas relaciones de vecindad y las escasas amistades que describen con españoles de origen son motivo de orgullo, porque las consideran el resultado de su esfuerzo personal por construirse una reputación. Muchos de los extranjeros entrevistados en Madrid y Barcelona atesoran sus relaciones informales con los españoles como parte integral del éxito de su proyecto migratorio”. (Sabe nuestra autora que no todos los inmigrantes albergan este proyecto de hacerse valer personalmente ante los nativos para superar sus reticencias: algunos consideran que no les interesa su compañía, o que no les compensa el esfuerzo y aceptan la distancia, o simplemente no se imaginan enraizando su vida en España).

Escuchemos esta conversación que Álvarez-Miranda recogió en Villalba (Madrid):

—Enfrente de mi casa hay unos inmigrantes que llevan cinco o seis años, pero no sé si son yugoslavos, argentinos, uruguayos o tal… Fenómeno, llegan y les das los buenos días y tienes que tener muy buen oído porque no les oyes mucho lo que te contestan. Son maravillosos. Pero esos que te digo yo, que llevan desde el mes de octubre, rumano o lo que sea, con el otro sudamericano, eso es horrible. Muchas veces hay que llamar a la Guardia Civil para que vengan, porque un día se van a matar, pero no veo la sangre… [risas].

—En el bloque donde yo vivo también, ahí no hay problemas. Son muy majos. Hay unos colombianos y, desde luego, con educación. Por cierto que uno vino con una tranca de esas que no se tenía a las dos de la mañana y se lió a tocar todos los timbres porque no sabía cuál era…[…] el hombre al día siguiente pidió perdón porque no se tenía de la tajada, el hombre todo avergonzado. Los rumanos o búlgaros, son trabajadores, y educados. A lo mejor aparecen ahí en esa vivienda y puede haber dos o tres familias… Claro, a lo mejor alquilan dos habitaciones y otras dos para otras familias […]

—Yo he tenido muy buena experiencia en ese sentido. Yo tengo rumanos, polacos y búlgaros, que son los que más beben, pero la experiencia que yo he tenido es buena. Salen a trabajar, vienen. No hacen ruido. […] En algunas viviendas hay muchos y en otras ya llevan más tiempo y viven familias normales y corrientes.

Los inmigrantes –según llegó a saber Álvarez-Miranda– perciben claramente el temor de los nativos ante los desconocidos. Así describe un hombre peruano residente en el mismo barrio cómo el trato personal consigue horadar en algunos puntos esa desconfianza generalizada:

A veces, tienes rencillas con los vecinos, que piensan que eres extranjero y vas a ser una persona mala, que vas a empezar a, valga la palabra, joderle su vida normal. Que si ellos tienen un piso, pues que el piso va a empezar a bajar el precio porque vives allí, y todo eso. O sea, el estilo de vida de ellos piensan que se lo vas a averiar. Hasta que te conocen, pero una vez que te conocen, todos te acaban conociendo, poco a poco, y se van dando cuenta de que no es así, porque, a veces, vives incluso mejor que ellos […] Y ya te hablan. Pero al principio, te miran de una manera déspota. Así, ¿no?, como rebajándote un poco. Pero luego ya te van hablando con un poquito más de respeto, más de respeto. Y eso te va gustando. Y llega un momento es que ya te haces hasta amigos. Te haces hasta amigos, a pues sí. “Oye, vamos a tomar el vermú”, dice.

Con todo, nuestra autora sabe que “no puede darse por supuesto que la confianza particularizada irá tejiendo una red de reputaciones sobre la cual se apoyase más adelante una confianza más generalizada, referida a inmigrantes desconocidos. La cuestión es si una acumulación de buenas reputaciones de los inmigrantes en el barrio llegará, en el largo plazo, a dar lugar a un ambiente de confianza generalizada, o si la confianza particularizada en una serie de individuos concretos no necesariamente mina el estereotipo con que se juzga a los individuos desconocidos de ese mismo grupo étnico, sino que ambos pueden convivir”.

Para ella, en todo este proceso, que comienza por las relaciones sociales informales entre miembros de los grupos étnicos, sigue por la confianza particularizada, y culmina (o no) en la confianza generalizada, intervienen de modo decisivo los factores señalados por Portes y Vickstrom. Si la incorporación de los inmigrantes en la sociedad de destino ocurre en condiciones de fuerte segregación espacial y marcada desigualdad económica y educativa, y coincide con profundos y antiguos prejuicios raciales (culturales, religiosos, etc.), difícilmente podrá ponerse en marcha el círculo virtuoso del trato interétnico y la confianza. Por un lado, porque habrá pocas oportunidades de trato personal y, por otro, porque las buenas reputaciones individuales tendrán que enfrentarse a estereotipos colectivos en que la distancia étnica se verá reforzada por la distancia de estatus social.

Rafael Aliena

 

Fuente del vídeo: primer capítulo de la miniserie televisiva francesa El conde de Montecristo (1998).

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