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Chicago, fines del siglo XIX, una población que ha pasado de los treinta mil habitantes al millón y medio en cincuenta años, el 80% de los cuales son inmigrantes o hijos de inmigrantes, la segunda ciudad de los Estados Unidos, por detrás de New York, una metrópolis atravesada por múltiples conflictos en los que los problemas de la aceleración industrial y urbanizadora se entremezclan con los de la integración de poblaciones culturalmente diversas: alemanes, escandinavos, irlandeses, italianos, polacos, griegos, judíos, checos y lituanos, a sumar a los ciudadanos negros (el 2%; en 1930 llegarían al 7%).

La Universidad de Chicago funda su departamento de sociología en 1892 y su misión no podía ser más que ésta: ayudar a comprender el crecimiento de la población y el cambio social, y no de cualquier modo, no por ejemplo como lo haría un literato o un periodista (aunque algunos de sus integrantes procedían de esta profesión). Los sociólogos descubren pautas, regularidades, constantes, desarrollos no contingentes.

¿Siguen las relaciones interétnicas algún patrón recurrente? ¿Evolucionan con algún sentido? ¿Puede establecerse alguna secuencia de situaciones que permita predecir con cierta probabilidad contextos de agudización o pacificación del conflicto?

Nos concentramos en Robert Ezra Park (1864-1944) y en su respuesta. Park dibujó un proceso ineluctable que atravesaba cuatro estadios, señalados por cuatro tipos de interacción: competición, conflicto, adaptación y asimilación. El ciclo se desarrolla de la siguiente forma. Cuando individuos de diferente adscripción étnica dan en vivir en el marco de una misma economía tienden a hacerlo en una relación más simbiótica que propiamente social, es decir, en una relación que tiene más que ver con la contigüidad física que con la convivencia cultural. Se producen, así, situaciones de aislamiento moral fácilmente apreciables en inmigrantes recién llegados o en la exclusión de las poblaciones invadidas.

La coexistencia biótica que basta para las plantas no basta, sin embargo, para los seres humanos, que –por naturaleza– tienden a comunicarse. Así, “y de forma inevitable”, el curso natural de los acontecimientos hace que los individuos tiendan a romper este aislamiento: se explora, se comercia, se establecen complementariedades que propician una participación cada vez más plural en la vida social, participación que generalmente supone conflicto y situaciones de crisis. La lucha no lo es sólo por hacerse un lugar en la economía local, sino también por encontrar un “nicho” en el que disfrutar de una seguridad relativa que reconforte de la dureza de la competición.

Es entonces cuando los implicados en la lucha se vuelven conscientes de la distancia social que les separa del grupo dominante y cuando “la aculturación se ve implicada y se hace parte de la lucha por el status”. Todo lo que les marca como extraños dificulta su lucha porque “el conflicto cultural […] tiende a potenciar la autoconciencia de los miembros de ambos grupos”.

Esta autoconciencia, sin embargo, contribuye a sacar a la luz sentimientos y actitudes que de otra forma podrían haber permanecido inconscientemente fuera de la discusión crítica y la interpretación: el conflicto cultural “aumenta inevitablemente nuestro conocimiento, no sólo de nosotros mismos, sino también de quienes nos rodean, pues actitudes y sentimientos que somos capaces de entender y apreciar cuando los encontramos en nosotros mismos, podemos entenderlos y apreciarlos en las mentes de los otros”. Así, aunque nuevas formas de comunicación puedan dar lugar a nuevas formas de competición y conflicto, a largo plazo éstos no son más que el fermento que gesta una nueva asociación.

Los conflictos campean por doquier, pero a través de ellos se generan formas de participación que a la larga dan lugar a nuevas adaptaciones o acomodaciones. La fase final, sin embargo, no es ésta, la adaptación o la acomodación, sino la asimilación, una meta prevista y –lo que es más importante– deseada por nuestro autor.

Park debió explicarse. Por “asimilación” entendía un proceso de disolución de signos externos que produce una homogeneidad superficial (en las modas, en los modos) perfectamente compatible con profundas diferencias de criterio y actitud. Los contextos modernos tienden de forma natural al cosmopolitismo y precisan homogeneidad para propiciar una movilidad individual y unos contactos que, sin ella, se verían impedidos por los tabúes y el conservadurismo de los prejuicios.

Park elabora su teoría general de la evolución de las relaciones étnicas por extrapolación de un conjunto de fenómenos de “cruce de fronteras” que a su juicio marcarían la tendencia: los matrimonios interraciales, las segundas generaciones de inmigrantes, el mestizaje. En la medida en que la intensificación de la vida moderna y de sus formas de comunicación y movilidad se imponga sobre las prácticas accidentales de la “racialización” grupal y su resistencia a la homogeneidad, la conducta individual que Park consideraba característicamente moderna acabaría imponiéndose. Ésta no es otra que la conducta del “hombre marginal”, hombre de sangre mixta que es extraño en las dos culturas a las que pertenecen sus progenitores y que encarna en toda su crudeza la esencia del ciudadano cosmopolita. Las migraciones, y particularmente las experiencias de extrañeza y los esfuerzos de adaptación que las acompañan, son fuentes de innovación y renovación del orden social, la mejor muestra de “fermento social”.

Como se ve, la esperanza de lo que para Park era “una nueva civilización mundial” radicaba en la labor de intermediación, interpretación y redefinición de quienes –como los judíos, el ejemplo clásico– cruzan fronteras y han aprendido a vivir entre dos culturas divergentes, en esos espacios de fermento y fusión cultural. Así como las diferencias raciales son productos del aislamiento geográfico y moral, la civilización es producto del contacto y la comunicación.

Rafael Aliena

 

Fuente: Eduardo Terrén, “La asimilación cultural como destino: el análisis de las relaciones étnicas de R. Park”, en Sociológica, 4 (2001), págs. 85-108.

 

1 Respuesta

  1. Sin duda me identifico con mi realidad ya que es la ciudad en la que actualmente radico, recuerdo a mi llegada me impresiono ver la diversidad de migrantes que se han establecido en esta ciudad, esta el barrio italiano, el barrio griego que decir de la villita barrio mexicano y muchos otros. Chicago es una de las ciudades en estados unidos con mayor diversidad cultural, religiosa, etc. sin embargo el ambiente que en la actualidad se vive nos lleva a pensar o dudar si seguirá siendo este un país que integra comunidades, la xenofobia que se ha creado ante la comunidad latina o todo aquel que parezca mexicana nos a llevado a condiciones complicadas en la vivienda, en el empleo incluso en la educación. si bien chicago siempre ha sido una ciudad multicultural en la actualidad estados unidos vive la crisis en referencia a esa multiculturalidad .