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Es Abraham Lincoln –en la imagen como niño idealista, ignorante de su destino– quien inicia la conversación en un pasaje de la película de Spielberg. Su interlocutora es Elizabeth Keckley, una esclava que compró su libertad y la de su hijo en 1855, cuando vivía en St. Louis, trabajaba de modista, mantenía a su disipado marido y corría con los gastos de la casa de Ann Garland, su dueña (lo hizo durante dos años). Los 1.200 dólares que le costó su manumisión los obtuvo en préstamo de algunos de sus clientes. Cuando esta conversación tuvo lugar, en 1865, ella tenía unos 47 años y trabajaba en la Casa Blanca como ayudante de camerino de la señora Lincoln, que la tenía como confidente, entre sus íntimos. En 1868 escribió un libro autobiográfico, Entre bastidores, o treinta años de esclava y cuatro en la Casa Blanca.

—¿Tienes miedo de lo que le espera a tu gente, si triunfamos?

—Los blancos no nos quieren aquí.

—Muchos no.

—¿Y qué hay de usted?

—No la conozco, Sra. Keckley. A ninguno de ustedes. Ustedes me resultan tan familiares como toda la gente… pobres, desnudos, criaturas como somos todos. Usted tiene el derecho a esperar lo que yo espero, y probablemente nuestras expectativas no sean incomprensibles entre sí. Supongo que me acostumbraré a ustedes. Pero lo que ustedes son para la nación, qué será de ustedes cuando la esclavitud se extinga, no lo sé.

¿De qué ovillo sale esta entrada? ¿De qué hilo estiramos? De la Gran Migración, sin duda. Del que nos lleva a la confianza, la cooperación y al marco analítico de Migraciones y Ciudadanía, que es el que nos hizo conocer el fútbol australiano y nos mostró a un montón de deportistas tocadas con la hiyab (véase aquí): el conocimiento que genera confianza y la cooperación, posible gracias a la confianza.

La Decimotercera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos nos conduce, como vemos, al velo islámico. Nuestras niñas parecían gustarse las unas a las otras. Lincoln dice “no sé, ya veremos”. El quid de la cuestión es reunir a personas con intereses distintos o incluso en conflicto, que pueden no caerse bien, que son desiguales o que sencillamente no se entienden y hacer que la cosa funcione.

Imaginamos una tercera posibilidad, una nueva línea: “¿cómo no dar la respuesta correcta?”. ¿No cuesta imaginar lo bien que hubiera quedado el presidente si contesta que sí, que él sí quiere a los negros en el norte? Lo hacemos a diario. Se espera de nosotros una respuesta y esa es la que damos.

Lincoln no lo hizo (al menos en la película). Su incorrecta repuesta, por cierto, nos ayuda a ver que lo que está en juego es un asunto de derechos y de libertades personales. Sobre esa roca sólida, después, se construye lo que sea, por ejemplo, nuestras confianza y cooperación.

Así concluía la conversación entre el presidente y la Sra. Keckley:

“Qué será de mi gente, no lo sé. Nunca me preguntaron qué va a traer la libertad. La libertad es lo primero para mí. Mi hijo murió peleando por la Unión usando el traje azul de la Unión. El murió por la libertad. Soy su madre. Eso es lo que soy para la nación, Sr. Lincoln. ¿Qué más debo ser?”.

Rafael Aliena

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