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Que la cohesión social no dependa de la confianza personal es una cosa, y que la cooperación no dependa de la confianza personal es otra. Bueno, es casi lo mismo, pero lo segundo suena más contundente y nos golpea con más fuerza, supongo que porque separa dos objetos que nosotros, sin más, habíamos mantenido unidos en un vínculo implícito de causa-efecto, con la idea en el aire de que, una vez iniciado el movimiento, la máquina se retroalimenta, y va todo a más: más confianza, más cooperación, más confianza, más cooperación, más… Esa tesis pone en cuestión, desde luego, la idea, tan mediterránea, tan familiarista, tan católica, de que (solamente) cooperamos con aquellos a los que conocemos bien.

¿Qué hay si no hay confianza? ¿Cuál es entonces el lubricante de la cooperación? La seguridad –ésta es la respuesta– de que las normas se cumplirán y los acuerdos se respetarán, de que nadie abusará, manipulará o sacará provecho inmerecido de una relación, de que se convivirá en paz, con justicia y respeto. Es una idea muy de Portes y Vickstrom, pero ha sido uno de nuestros actores, el español Herreros Vázquez, quien mejor ha llegado a formularla (en su serie 2003, 2006, 2007 y 2012).

Él habla del Estado como garante. ¿De qué? Hay que suponer que del cumplimiento de la ley, en todos los ámbitos, de la igualdad en los derechos (civiles, políticos y sociales) y del respeto de los contratos y acuerdos, ya civiles, ya mercantiles, ya laborales. Sabe que en los Estados fallidos, muchos de ellos en África, o en aquellos que han vivido transiciones abruptas de un sistema a otro (en los años, por ejemplo, que siguieron a la caída del muro de Berlín en la Europa del este), la confianza es escasa o nula, porque el contexto y el momento premian a los oportunistas y manipuladores. El Estado, como garante también de que todo el mundo, en la escuela o en el centro de salud, será tratado bien, sin preferencia por la raza, religión, etnia, país, etc.

¿Qué ha de servir mejor a los nuevos llegados que tal seguridad? ¿No nos dijo Berta Álvarez-Miranda que justamente era lo que más valoraban sus entrevistados de Larache, Marruecos? Dejemos el embrollo de la confianza, con sus enredos del crédito, la reputación, la justicia, la reciprocidad, el “tú me dijiste y yo te dije”, la ensortijada materia de la que está hecha la vida social, con sus pasiones y sus malentendidos, sus cuentas pendientes y sus agravios, sus esperanzas y sus frustraciones, y vayamos a tierra firme. Lo que integrará a los nuevos inmigrantes, les hará cooperar con extraños, hará que otros les tomen como colaboradores o socios en una empresa o en cualquier acción colectiva, será –son palabras de quien escribe– la presencia de un Estado fuerte (que no es lo mismo que grande), de unos agentes estatales (profesores, trabajadores sociales, funcionarios de los servicios de ocupación) que sepan que son Estado y que se vean como “brazo armado” (con perdón) de ese agente que asegura la cooperación y por ende la cohesión social… lo que, por cierto, les obliga a conocer (mucho) mejor la ley y el derecho.

¿A qué viene por cierto la imagen de Venecia? El mercader de Venecia es una obra teatral de William Shakespeare que se publicó en 1600. Antonio, noble veneciano, pide un préstamo a Shylock, un judío usurero. Shylock acepta prestar el dinero con unas condiciones muy estrictas, casi crueles. La trama es liosa y no necesitamos conocer de ella más que un poco. El caso es que, en ausencia de un poder fuerte que, más allá de las apariencias, proteja a Shylock, éste debe renunciar a todas sus riquezas, pierde a su hija y finalmente es despojado hasta de su identidad.

¿Qué hubiera necesitado Shylock? ¿Más confianza en Antonio? Bien sabía él que éste querría engañarle, pues los cristianos son –a sus ojos– oportunistas, holgazanes, soberbios e hipócritas. El judío Shylock, a quien interpretó Al Pacino en el cine, hubiera necesitado de esos elementos que conocemos por Herreros Vázquez y por Álvarez-Miranda: más Estado y menos antisemitismo.

Por cierto, ¡qué decir de la belleza de este parlamento!

Me ha arruinado […] se ha reído de mis pérdidas y burlado de mis ganancias, ha afrentado a mi nación, ha desalentado a mis amigos y azuzado a mis enemigos. ¿Y cuál es su motivo? Que soy judío. ¿El judío no tiene ojos? ¿El judío no tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No es alimentado con la misma comida y herido por las mismas armas, víctima de las mismas enfermedades y curado por los mismos medios, no tiene calor en verano y frío en invierno, como el cristiano? ¿Si lo pican, no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿Si nos envenenáis no morimos? ¿Si nos hacéis daño, no nos vengaremos?

Rafael Aliena

 

Fuente imagen: óleo de Canaletto, Museum of Fine Arts (Houston), The Entrance to the Grand Canal, Venice (c. 1730).

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