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Perder el tiempo es a veces ganarlo; la conversación no es tiempo echado a perder, incluso aunque no se llegue a ninguna conclusión o acuerdo. “Las personas que no observan no pueden conversar. Estas sabias palabras de un abogado inglés –nos advierte Sennett– llaman particularmente la atención sobre la participación del oyente en una discusión. Saber escuchar requiere un conjunto de habilidades, las de prestar cuidadosa atención a lo que dicen los demás e interpretarlo antes de responder, apreciando el sentido de los gestos y los silencios tanto como el de los enunciados. Aunque para observar bien tengamos que contenernos, la conversación que de ello resulte será un intercambio más rico, de naturaleza más cooperativa, más dialógica” (pág. 30).

Richard Sennett apuesta claramente por la conversación dialógica (sin olvido de la dialéctica, necesaria según momentos y ocasiones). El término “dialógica” –nos explica– “fue acuñado por el crítico literario ruso Mijaíl Bajtín para designar una discusión que no se resuelve en el hallazgo de un fundamento común. Aun cuando no hayan llegado a compartir acuerdos, en el proceso de intercambio los interlocutores pueden haber tomado mayor conciencia de sus propios puntos de vista y haber aumentado su comprensión mutua. […] Bajtín aplica el concepto de intercambio entretejido, pero divergente, a escritores como Rabelais y Cervantes, cuyos diálogos son exactamente lo contrario del acuerdo convergente de la dialéctica. Los personajes de Rabelais lanzan disparos en direcciones aparentemente inconexas, que los otros personajes recogen. La discusión toma cuerpo, los personajes se incitan mutuamente”.

Y sigue: “En la conversación dialógica el progreso es resultado de la atención a lo que otra persona da por supuesto pero no dice […]. El núcleo de toda la capacidad de escuchar, sin embargo, es la captación de detalles concretos, de cuestiones específicas, para hacer avanzar una conversación. Los malos oyentes devuelven generalidades en sus respuestas; no prestan atención a las pequeñas frases, los gestos faciales o los silencios que amplían una discusión. En la conversación verbal, el intercambio se construye de abajo hacia arriba”.

“Los antropólogos y los sociólogos sin experiencia pueden –y Sennett conoce bien el oficio– ser víctimas de un peculiar desafío en la conducción de discusiones. A veces están demasiado ansiosos por ser receptivos hacia el otro y van a donde sus sujetos los llevan; no argumentan, han ido a demostrar que son sensibles al otro, que se preocupan por el otro. Un gran problema acecha aquí. Una conversación dialógica puede irse al garete por exceso de identificación con el interlocutor” (hasta aquí, págs. 37 y 38).

Y aquí Sennett introduce la segunda de sus tres apuestas, a favor de la empatía frente a la simpatía (también necesaria; el traductor teme que, al seguir Sennett al Adam Smith de La teoría de los sentimientos morales (1759), no esté haciendo un uso contemporáneo de los términos; yo, la verdad, no sabría qué decir). Lo hace, como tantas veces, con un ejemplo extraído de su experiencia como músico profesional (que se truncó por culpa de una lesión en la mano).

“En un ensayo musical, un ejecutante de un instrumento de cuerda puede advertir que sus compañeros de conjunto oyen una frase musical de una manera totalmente diferente y, por tanto, la frasean de otro modo con sus arcos; el ejecutante registra la diferencia. La respuesta simpática consistiría en identificarse con ellos e imitarlos. La respuesta empática es más fría: “Tú subes el arco, yo lo bajo…”; puede que la diferencia se mantenga, pero se ha puesto en marcha una señal de reconocimiento de lo que uno ha estado haciendo. En una entrevista, la empatía del que escucha puede expresarse mediante el mantenimiento del contacto visual aunque se guarde silencio, con lo que se transmite más el mensaje de “Te estoy prestando atención” que el de “Sé lo que sientes”. La curiosidad tiene un papel más importante en la empatía que en la simpatía”.

“Tanto la simpatía como la empatía –nos dice Sennett– transmiten reconocimiento, y ambas crean un vínculo, pero una es un abrazo, mientras que la otra es un encuentro. La simpatía pasa por encima de las diferencias mediante actos imaginativos de identificación; la empatía presta atención a otra persona en su particularidad. En general se ha pensado que la simpatía es un sentimiento más fuerte que la empatía, porque “Siento vuestro dolor” pone el acento en lo que siento, activa el ego propio. La empatía es un ejercicio más exigente, al menos en la escucha; el que escucha tiene que salir fuera de sí mismo”.

Sennett se la juega con la segunda. Insiste en que “hay situaciones en las que ayudamos a los demás precisamente cuando no nos imaginamos como ellos, por ejemplo cuando escuchamos a alguien que habla de su duelo sin pretender inmiscuirnos en aquello por lo que está pasando. La empatía tiene una aplicación política particular; mediante su práctica, un legislador o un líder sindical podrían –aunque, sin duda, es una posibilidad remota– aprender de sus votantes en lugar de hablar simplemente en su nombre [esto lo enfatiza el abajo firmante]. Desde un punto de vista más realista, la escucha empática puede ayudar al trabajador comunitario, el sacerdote o el maestro a mediar en comunidades en las que la gente no comparte la raza o la etnia” (págs. 40 y 41).

La tercera de las apuestas de Sennett lo es a favor de la “vía indirecta”. Volvemos a Lily Allen: “¡Jódete, jódete! es más que una explosión de pura agresión; es paralizante. Ante esta explosión, la respuesta más probable será ¡Jódete tú también! A partir de ese momento, los antagonistas quedan encerrados en sí mismos” (pág. 41).

La evitación de ese mal lo aprendió Sennett, como músico, en Londres: “En mi condición de joven estudiante de música, recién salido de la competitiva olla a presión de la Juilliard School de Nueva York [una escuela que dio oportunidades a muchos músicos de medios humildes, como el propio Sennett], me quedé asombrado cuando empecé a ensayar con músicos jóvenes en Londres; las discusiones se expresaban en términos de “posiblemente”, “tal vez” y “yo hubiera pensado…”. También en otras conversaciones, ya fuera en un bar o en el salón de un noble, los británicos demostraban ser verdaderos maestros en el uso del modo subjuntivo.

¿Una mera cuestión de cortesía? Sí, pero no sólo de buena educación. Los ensayos eran más eficaces porque ese modo subjuntivo abría un espacio para el experimento; la provisionalidad implica una invitación a los otros a unirse al intento. […] Eso contribuyó a la buena cooperación en el estudio donde ensayábamos y facilitó la conversación en el bar.

Cuando me convertí en investigador social, el modo subjuntivo se me reveló aún más valioso al pensar en las relaciones humanas. Los diplomáticos necesitan dominar este modo verbal en sus negociaciones mutuas cuando tratan de evitar la guerra; del mismo modo, en las negociaciones comerciales y en todas las relaciones sociales, “tal vez” y “yo hubiera pensado” son antídotos contra las posiciones paralizantes. El modo subjuntivo contrarresta el temor de Bernard Williams al fetiche de la asertividad, al abrir un espacio mutuo indeterminado, el espacio en el que conviven los extraños, ya se trate de inmigrantes y nativos a los que les ha tocado estar juntos en una ciudad o de gays y heterosexuales que viven en la misma calle. Es la gente que no tiene un comportamiento excesivamente categórico la que mantiene engrasado el motor social.

El ámbito más connatural al modo subjuntivo es el dialógico, ese mundo conversacional que forma un espacio abierto en el cual la discusión puede adoptar una dirección imprevista” (págs. 42-43).

En esta línea, Sennett apuesta por la cooperación indirecta y pone un único ejemplo, sugestivo, aunque no rotundo (uno no sabe bien cuál es la lección a extraer): el del conflicto entre los comerciantes coreanos (refugiados, emprendedores y muy trabajadores) y la población negra que compraba en sus tiendas (págs. 322-329). En 1992, unos motines destruyeron cerca de 2.300 empresas coreanas en Los Ángeles; en Nueva York hacía tiempo que los supermercados coreanos eran atacados a pedradas y, a partir de 1984, fueron boicoteados.

Sennett cuenta con detalle el conflicto. ¿Qué nos importa de su relato? ¿Qué retenemos? (quien no discrimina, con nada se queda).

En primer lugar, la idea de que el conflicto se resolvió sin conciliación, si por ello se entiende que el propietario del local comercial y el cliente llegaran a un mejor entendimiento mutuo; no hubo acercamiento alguno: al final los coreanos seguían pensando que los negros son menos inteligentes que los blancos y que son más proclives a cometer delitos. Aunque la mediación formal no había disipado estos nubarrones, tanto los coreanos como sus clientes hallaron de alguna manera una solución. Atenuaron el conflicto mediante el silencio, mediante un acuerdo tácito de relegar a segundo plano la ira y el prejuicio.

Esto no es más que la mitad de lo que nos importa en Sennett. La otra mitad reside en los acuerdos de los coreanos con sus propios empleados, que habían buscado que fueran latinos. Puesto que ambos grupos étnicos trabajaban día tras día en una relación personal de gran proximidad, con el tiempo el cambio se fue produciendo lenta, pero eficazmente. Los latinos exponían sus críticas y exigencias en las trastiendas durante los descansos para fumar y, a veces, mientras servían a los clientes.

Ésta tampoco es una historia de curación; las tensiones perduran aún hoy, dos décadas después. Pero han sido gestionadas, sin mediadores, porque estos dos grupos son mutuamente dependientes: los coreanos necesitan gente dispuesta a trabajar tan duro y con horarios tan prolongados como ellos mismos, mientras que los latinos necesitan empleadores dispuestos a protegerlos de la ley. Con el tiempo, ambos grupos reconocieron esta dependencia compartida, pero también, como en una familia, establecieron líneas infranqueables. Los mexicanos no pueden ir a la huelga, pero sí confiar en que los propietarios no avisarán a las autoridades (muchos de ellos no tienen los papeles en regla); los coreanos, por su parte, no pueden tratar a estos esforzados trabajadores de toda la vida como niños a quienes se reparte unas monedas.

Los mediadores profesionales tratan de arreglar las condiciones en que la tormenta se disipará para dar lugar a un resultado productivo; la mediación sin mediadores puede producir este mismo resultado, pero no de modo tan metódico ni tan genéricamente; en la reparación permanecen las fuentes de tensión. En cualquiera de los dos casos, se reconfigurará por ambos lados el equilibrio entre la palabra y el silencio.

Se podría decir que este reequilibrio crea cierto tipo de civilidad, noción clave para Sennett. En su filosofía tardía, la regla de Ludwig Wittgenstein mandaba guardar silencio acerca de las cosas que están más allá del lenguaje claro y preciso. En la práctica de la civilidad social se guarda silencio sobre cosas que se conocen con claridad, pero que no se deben decir y no se dicen. Ésta fue la regla que coreanos, latinos y afroamericanos empezaron a aplicar en sus relaciones mutuas.

Resumen, las tres apuestas de Sennett, las tres habilidades a desarrollar: una, la dialógica, dos, la empatía y tres, la vía y cooperación indirectas. Sennett, fascinado con el buen hacer de los diplomáticos y los buenos asesores laborales (no hemos podido presentar esta cuestión), pero también con la mediación sin mediadores (la que acabamos de contar).

Rafael Aliena

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