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Con la identidad y la cultura entramos en campo minado. Nada en él es fácil. Anteayer eran los alemanes en Brasil; hoy les toca a los japoneses, en la misma enormidad de país. Utilizamos un texto del francés Michel Wieviorka, nacido en 1946. Él nos hace caer en la cuenta de que una fuente importante de los cambios en los patrones migratorios reside en el individualismo moderno que impregna todas las sociedades. Él defiende que, si bien es verdad que las diferencias culturales son colectivas, el modo en que se inventan y producen depende mucho de las opciones personales y de la subjetividad de los individuos. Él nos recuerda que, así como en el pasado las identidades se reproducían, de modo que uno era católico, musulmán, español, catalán o vasco por herencia, hoy ya no es del todo así. Él insiste en que, allí donde antes uno se inscribía de una manera espontánea en un linaje, clan o familia cultural o religiosa porque era el linaje, clan, cultura o religión de los padres, en la actualidad nos encontramos con identidades que, cada vez más, se escogen. Él concluye de ello que algunos individuos únicamente se sienten obligados a apelar a la identidad particular que les dicte su conciencia o deseo. Él nos explica que ésta es la razón de que en ciertos países cristianos se produzcan tantas conversiones al islam –por ejemplo, en Francia se estima que esta cifra es de 15.000 o 20.000 personas– (información aportada en un texto publicado en 2008).

Él, Michel Wieviorka, añadimos, subraya lo nuevo, lo resalta, lo necesita. Allí donde Robert Parker buscaba la pauta y lo seguro, lo que es por necesidad, lo que suele ser, Wieviorwa, como tantos sociólogos contemporáneos, desea lo nuevo, siente fascinación por ello, por lo que rompe esquemas, por lo que nos descoloca.

¿El mundo que vivimos es el mundo de estos sociólogos de los tiempos actualísimos? ¿Cuántos sujetos viven el cambio sociocultural del modo que él narra? En la convivencia entre lo colectivo y la tradición y el sujeto y la autonomía personal, ¿quién va ganando y dónde? No hay respuesta fácil. Prestemos de momento atención a su ilustración.

 

WIEVIORKA: Una vez finalizada la Primera Guerra Mundial, una importante inmigración japonesa recaló, entre otros países, en Brasil. Estos emigrantes se integraron bien en el ámbito económico, especialmente en profesiones que requerían altas capacidades técnicas como, por ejemplo, técnicos o ingenieros. A partir de 1980, un cierto número de sus descendientes, animados por la política del gobierno japonés de aquel entonces, optaron por regresar a Japón. Allí encontraron trabajo, bastante bien pagado, pero por lo general difícil, en particular en la industria del automóvil, y pudieron beneficiarse de un estatuto que, aunque los autorizaba a instalarse en el país de forma duradera, no les daba derecho a convertirse en ciudadanos japoneses.

A día de hoy, de las aproximadamente 350.000 personas afectadas, algunas siguen instaladas en Japón, otras intentan regresar a Brasil aunque, para la mayoría, su retorno suponga un fracaso, lo cual les empuja a volver de nuevo a Japón, y aún hay otras que sólo sueñan con una cosa: emigrar a Australia, lo cual es posible a condición de que aprendan inglés y acepten un estatuto de trabajadores a tiempo parcial (es decir, menos de veinte horas semanales). Además, los numerosos estudiantes brasileños de origen japonés pasan los tres meses de sus vacaciones de verano (de diciembre a febrero) en Japón, donde trabajan y hacen un poco de turismo para regresar con algo de dinero, después de haber efectuado numerosas compras (en particular, artículos de electrónica). Todo eso favorece el nacimiento de una intensa vida brasileña en Japón, la cual incluye la pasión por el fútbol y la samba, y el comercio de todo tipo, incluyendo agencias especializadas que organizan los desplazamientos entre Brasil y Japón.

En Brasil todo eso también ha contribuido a modificar la conciencia de los descendientes de emigrantes japoneses, que en la actualidad han pasado a constituirse en minoría con mucha más fuerza que antes. Asimismo, la situación suscita –o exacerba– un racismo muy particular en Japón, donde a pesar de que a menudo se considere a los nikkei idénticos tanto biológica como racialmente, también se los considera diferentes en lo referente a su idiosincrasia y su cultura. En este punto, el racismo trastoca los términos clásicos, que creen que es posible deducir una comprensión de la persona a partir de sus características físicas, ya que en este caso se insiste en la ausencia de determinantes físicos para concebir la diferencia racial.

Este vasto conjunto de fenómenos nos muestra la formación de una diáspora muy compleja, ya que con frecuencia sus miembros son culturalmente japoneses y brasileños al mismo tiempo, y por tanto una parte importante de la población afectada debe ser contemplada como perteneciente a un espacio transnacional. Muchos de ellos se definen como itinerantes entre dos países –e incluso entre tres, si se tiene en cuenta Australia–, por no hablar de las visitas a Estados Unidos o Europa; para ellos, lo que prima es la movilidad y no la inscripción en un territorio dado. Un caso límite es el de aquellos que, además de su origen japonés, cuentan con algún ascendiente originario de Italia, por lo que, teniendo en cuenta la legislación de este país, pueden convertirse fácilmente en italianos, cosa que a veces acaban haciendo no para instalarse en Europa, sino para disponer de un pasaporte europeo.

El fenómeno nos señala bien a las claras que ya no se puede seguir concibiendo los fenómenos migratorios como algo que obedece pura y simplemente a un modelo único, en el que los emigrantes dejan un país de origen, para pasar a ser inmigrados en un país de acogida, en donde, después de dos o tres generaciones, se consuma su asimilación o integración, lo que quiere decir que la cultura de origen se disuelve en lo esencial, aunque a veces subsistan algunos de sus elementos, especialmente en los hábitos alimenticios. No es que haya desaparecido el modelo clásico, sino que en lo sucesivo habrá que tener en cuenta muchos otros “modelos”. Existen emigrantes itinerantes, para los que la posibilidad del nomadismo resulta esencial, aunque no hasta el extremo del ejemplo clásico de los cíngaros, y que mantienen una exterioridad cultural e incluso social bastante intensa con las sociedades por las que pasan, pero participando plenamente en la modernidad, encarnando lógicas sociales y culturales ubicadas en el propio núcleo de la vida colectiva y no en sus márgenes.

Rafael Aliena

 

Fuente: Michel Wieviorka, “La creciente complejidad de la imagen de las identidades culturales”, en Quaderns de la Mediterrània : Cuadernos del Mediterráneo, 10 (2008), págs. 325-328.

1 Respuesta

  1. Remitiendo al último párrafo, estoy de acuerdo en que no podemos remitir a un modelo único que dé, tras varias generaciones una asimilación total… sabemos que eso no puede darse. La crítica que se haría a este modelo esencialista es que la cultura no es algo que se hereda totalmente, y por lo tanto, la identidad cultural tampoco puede ser heredada férrea e inflexiblemente. Por lo tanto, puesto que la cultura no es algo inmutable, sino que se transforma continuamente, la identidad cultural tampoco es algo inmutable y se transforma continuamente, convirtiendo a los que antes eran enemigos irreconciliables en un único pueblo y a los que antes eran un único pueblo en entidades culturales opuestas, etc… y así podemos encontrar diversos ejemplos. Como bien dice en el párrafo último, no es que desaparezca el modelo clásico si no que deberemos tener en cuenta múltiples modelos derivados de las situación migratoria actual.