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Con T. H. Marshall empieza todo. Economista, reconvertido en sociólogo, nació en un siglo (1893) y se fue en otro (1981), como todos los grandes constructores del Estado de bienestar. Su influyente ensayo Ciudadanía y clase social ha marcado cualquier discusión sobre la ciudadanía, se esté o no de acuerdo con su elaboración y crea uno o no que se ha quedado anacrónica.Este ensayo está redactado a partir de una conferencia pronunciada en 1949, en plena posguerra.

Thomas Humphrey Marshall nació en Londres, y –es él quien lo narra–, “era el cuarto hijo y segundo varón de un arquitecto de éxito. No conocía nada de la vida de la clase obrera, y la gran industria del norte era para mí un lugar de pesadilla y de humo a través del cual tenía que viajar para alcanzar desde Londres el distrito de los Lagos. Mis sentimientos en este tema fueron los habituales, quizá por el hecho de que disfrutaba de una parte, aunque modesta, de la fortuna que mi abuelo había hecho en el mundo de la industria hacía un centenar de años”.

Durante su juventud la familia se instaló en el barrio de Bloomsbury. En 1914 fue enviado a Weimar para aprender alemán y desde allí ingresó como prisionero en un campo de guerra, donde pasó cuatro años. “Esta experiencia –escribió Josep Picó– cambió verdaderamente la dirección de su vida. El campo de Ruhleben le forzó a salir de los estrechos confines de una educación burguesa en el seno de la inteligencia inglesa. Un campo de prisioneros no produce una sociedad de clases en el sentido ordinario de la palabra, pero le introdujo en la vida familiar de muchas personas que pertenecían a las subclases sociales. Esta experiencia fue moral e intelectualmente crucial y generó en él una nueva sensibilidad social que le hizo ver más allá de su estilo de vida victoriano en Londres o del eduardiano de Cambridge”.

Tras un periodo en Cambridge, ató su destino a esa creación del socialismo democrático y del bienestar que fue la London School of Economics, en donde empezó como tutor de estudiantes de Trabajo Social. Acabó haciéndose cargo de la materia conocida como Instituciones Sociales Comparadas (“[a]sí fue como me convertí en sociólogo”). Sus dos intereses primordiales desde entonces fueron la estratificación social y la política social (en el sentido de servicios sociales y del bienestar).

T. H. Marshall es el autor de la exposición más influyente de la ciudadanía-como-posesión-de derechos. Ciudadanía y clase social es la única obra de la sociología británica de después de la Segunda Guerra Mundial que resiste la comparación con, y está en la línea directa de sucesión de, esos textos clásicos que marcan los orígenes de la sociología moderna.

De él nos interesa su concepción de la ciudadanía en esa obra, tal y cual ha sido mayoritariamente leída. No desconocemos, por supuesto, que Ciudadanía y clase social presenta vaguedades, inconcreciones y contradicciones, como tampoco que hay, tras ella, un segundo Marshall, más liberal.

La ciudadanía viene en ella asimilada a “un estatus que se concede a los que son miembros de pleno derecho de una comunidad. Sus beneficiarios son iguales en cuanto a los derechos y obligaciones que implica”. Los derechos sociales, más allá de “el derecho a la seguridad y a un mínimo bienestar económico”, incorporan el derecho “a compartir plenamente la herencia social y vivir la vida de un ser civilizado conforme a los estándares predominantes en la sociedad”.

Del estudio introductorio que, para su edición en la Revista Española de Investigaciones Sociólogicas (Reis), redactó F. J. Noya extraemos esta sencilla presentación. Se trata de un relato muy conocido, presentado, además, en una versión sencilla pero efectiva. Ya tendremos tiempo de ir “complicando” la cosa.

“Marshall explica la extensión del status de ciudadano a distintas esferas sociales en sucesivas etapas. En este proceso se van diferenciando en el tiempo distintas instituciones que asumen las garantías de los derechos asociados a ese status. Los beneficiarios de esos derechos son las clases emergentes en cada fase histórica, la burguesía y el proletariado.

En primer lugar, en el siglo XVIII se gesta la ciudadanía civil, “los derechos necesarios para la libertad individual —la libertad de la persona, la libertad de expresión, de pensamiento y de confesión, el derecho a la propiedad y a cerrar contratos, y el derecho a la justicia”. Los Tribunales de justicia son la institución que administra esos derechos.

Seguidamente, en el siglo XIX, toma cuerpo la ciudadanía política, “el derecho a participar en el ejercicio del poder político, como miembro de un cuerpo investido de autoridad política o como elector de los miembros de ese cuerpo”. Los parlamentos son la institución diferenciada a efectos de la garantía de esos derechos.

Finalmente, en el siglo XX se asiste a la institucionalización de la ciudadanía social, que cubre “el amplio abanico que va del derecho a un mínimo de bienestar y seguridad económica al derecho a participar del patrimonio social y a vivir la vida de un ser civilizado de acuerdo con los patrones vigentes en la sociedad”. El Estado de Bienestar es la concreción de esa institucionalización.

En los tres casos la definición de ciudadanía es la misma: una forma de status que acompaña la pertenencia o participación en la comunidad. Ser reconocido ciudadano da derechos, y el Estado es el garante del acceso universal a esos derechos. La ciudadanía es “un status concedido a todos aquellos que son miembros plenos de la comunidad. Todos aquellos que tienen el status son iguales respecto a los derechos y deberes que acompañan al status. No hay principios universales que determinen cuáles deben ser esos derechos y deberes, pero las sociedades en las que la ciudadanía es una institución en desarrollo crean una imagen de la ciudadanía ideal con la que se pueden comparar los logros alcanzados y que se convierte en objeto de las aspiraciones” [Marshall].

Para su división tripartita de la ciudadanía, Marshall se inspira en las ideas de Hobhouse, compañero de docencia en la London School of Economics cuando nuestro autor entra allí en 1926. Como Hobhouse, Marshall está más que nada interesado en ilustrar el devenir histórico de los tres elementos que en discutir las relaciones entre ellos, de ahí que no ahonde en las evidentes tensiones y contradicciones entre ellos. Ello es también así porque el tema principal del texto de Marshall es el efecto de la extensión de la ciudadanía sobre la desigualdad social. […]

Ahora bien, la ciudadanía social implica igualdad de status, no igualdad material.

“La igualación no se produce tanto entre clases como entre individuos en una población que es tratada ahora como si fuese una sola clase. La igualdad de status es más importante que la igualdad de renta” [Marshall].

La ciudadanía por lo tanto es una sordina: no acaba con la desigualdad social, pero la hace legítima, y, por lo tanto, apaga sus incendiarias consecuencias negativas para el orden social. La ciudadanía atenúa el resentimiento de clase. El capitalismo y la ciudadanía social así entendida son compatibles”.

Rafael Aliena

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