SAMUEL Y EL ACTIVISMO

Samuel nos insiste en esa idea de que los principios abstractos, cuando no vienen acompañados de carne, pasión, asuntos muy particulares y propios, reconocimiento de las necesidades humanas de filiación y pertenencia, incluso de respeto de los prejuicios ajenos, no mueven ni una silla de niño (para saber de Samuel, aquí y aquí). Nos dice que los activistas pecan de fiarlo todo a un aparato racional y frío, raquítico por imponente que a ellos les parezca, o, por el contrario, tórrido, demasiado cargado de pasiones desmedidas, que a él no le agradan en exceso: la ira, el enfado. Nos dice que quien quiera una ciudadanía crítica y exigente y aspire al mejoramiento de lo humano y a ver realizados los ideales de la justicia y la libertad, no debe empezar por alejarse demasiado de los –éstas son sus palabras– “no elegidos” e insiste en que, allí donde aquél encuentre miedo, repugnancia o menosprecio hacia los otros (por ejemplo, los inmigrantes, los refugiados), allí ha de haber uno que pugna por articular un discurso que supere esos sentimientos negativos y que quiera elevar la posición moral de todos, la de los elegidos y la de los que no lo son, y uno que no se contente con que los primeros queden bien a costa de los segundos.

¿Y qué tiene todo que ver esto con Pete Seeger (1909-2014) y el vídeo que le dedicamos? Seeger, como tantos otros en la tradición de la canción norteamericana, comprendió que a la gente se llega desde la poesía, la música, lo particular, lo de uno, que es lo mío y es lo nuestro, y nunca tuvo esa falta de humanidad para sus compatriotas, por obtusos que fueran, que parece acompañar a otros militantes de conciencia vigorosa. El activismo social tiene en Europa esa tarea pendiente: hacer de sus aspiraciones una empresa de todos, no un negocio de ángeles, hacerlo ellos antes de que lo hagan los demonios (los populistas, la extrema derecha, los demagogos) y hacerlo de una manera popular, como populares fueron los himnos que cantó Pete Seeger durante toda su vida a lo largo y ancho de la gran nación (que para él lo era) de los Estados Unidos, una nación que tenía que estar a la altura de sus mejores ideales y que no podía dejar a nadie fuera.

Rafael Aliena

 

La fotografía pertenece a AP Photo/Mel Evans. La imagen del vídeo se corresponde con unos minutos cogidos al azar de la película documental Pete Seeger: The Power of Song, emitida por primera vez por la PBS el 30 de enero de 2014. La PBS (en inglés: Public Broadcasting Service, Servicio Público de Divulgación) es la cadena estadounidense de televisión pública. La banda sonora la pone el programa de Radio Nacional de España Toma Uno que, dirigido por Manolo Fernández, se emitió el 1 de febrero de 2014.




EL REGRESO DE LOS EXTREMISMOS

La semana pasada podíamos leer cómo el fantasma del populismo recorre hoy Europa. Potente en su sencillez, pero a la vez complejo y polisémico, el populismo, mecanismo al que recurrieron siempre los extremismos políticos, no puede ni debe ser en la actualidad –se afirmaba– despachado con facilidad identificándolo inequívocamente con la “extrema derecha”. Rafael Cid nos explicaba cómo en España, por algunas razones particulares, no cabe hablar de la existencia de una derecha de esas características, a diferencia de lo que parece estar sucediendo en otras partes de Europa.

Quizás está por verse, o por cuantificar, pero en un reciente documental emitido por la televisión catalana se llamaba la atención, ya desde el título del mismo, acerca del resurgimiento o retorno de movimientos de extrema derecha que se consideraban desparecidos del viejo continente y de los que tan sólo quedaban algunos grupúsculos, vestigios de un pasado no muy lejano, que la mayoría de nosotros asociaría más a un mundo pretérito que al momento actual.

A la vista del reportaje, y pese a lo efectista de algunas imágenes, no parece que sean numerosos. Sin embargo, ahí están, por lo visto no sólo en Grecia.

Si nos interesan aquí es porque se trata de movimientos que hacen precisamente de la identidad y del cierre cultural su bandera, que defienden una idea clara y bien definida de la ciudadanía –reduccionista y limitada si se quiere– pero muy concreta y asequible. Saben extraer los mayores réditos de la contraposición entre el ellos y el nosotros, y quizás ahí radica gran parte de su fuerza.

Ángel Polo




EL FANTASMA DEL POPULISMO

“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma […] ¿Qué partido de oposición no ha sido motejado de comunista por sus adversarios en el poder? ¿Qué partido de oposición a su vez, no ha lanzado, tanto a los representantes de la oposición, más avanzados, como a sus enemigos reaccionarios, el epíteto zahiriente de comunista?”.

Son las primeras palabras del “Manifiesto del Partido Comunista”, escrito por Marx y Engels como programa de la Liga de los Comunistas, publicado por primera vez en Londres en febrero de 1848.

El fantasma del populismo recorre hoy Europa, en 2014, amenazador, inquietante, probablemente más complejo de lo que queremos pensar cuando lo despachamos como “extrema derecha” (fuera del caso griego y de algún otro). Es fácil lanzar ese “zahiriente epíteto”; es cómodo pelearse con un muñeco de paja, ganar medallas desde el campo de batalla de la salita de casa.

En la radio española con más oyentes, alguien compara a la francesa Marine Le Pen y sus propuestas con el régimen colaboracionista del mariscal Pétain, sin reservas, sin añadir un “salvando las distancias” ni nada parecido. Queda bien, ingenioso, culto, pero es que estamos en el siglo XXI. Resulta extraño que la luz la encuentre uno en una pequeña radio, Radio Klara, libre y libertaria. En ella Rafael Cid habla de un voto, el populista, que castiga a los partidos dominantes (en España, los populares y los socialistas), ambos “austericidas”, y que traduce el descontento de los jóvenes y de muchos trabajadores. Estos partidos crecen porque el establishment no ha construido una democracia sólida y no ha puesto empeño en formar ciudadanos preparados y conscientes. Por otro lado, matiz, matiz, no hablemos a la ligera… Cid dixit. Tendrá razón o no, pero se agradece oír palabra nueva.

La imagen con que se ilustra esta entrada es del cuadro El pelo (2006), de Anselm Kiefer, fallecido a los treinta años (para verlo bien). Representa una llanura infinita y desierta en invierno. Del suelo cubierto de lodo emergen cruces dispuestas en filas que se extienden hasta el horizonte. Es el mundo tras una catástrofe. Tres sillas “flotan” suspendidas sobre el centro de este páramo. En una de ellas, hay un manojo de leña; en la otra, una maraña de pelo humano negro; la silla central está vacía. Kiefer ahonda en el tema de la culpa y la responsabilidad, pero también plantea la siguiente pregunta: “¿Puede la cultura alemana existir sin los judíos?”.

Forma parte de una exposición de título muy sugerente: Everybody is Nobody for Somebody (Todo el mundo es nadie para alguien), un proyecto de TF Interactiva.

Rafael Aliena




LA PARTE POR EL TODO

La gente emigra y la gente huye. “Huida” es buena palabra para cuando la razón para salir de tu “tierra acostumbrada” es asegurarte la supervivencia, la mera y simple supervivencia frente al crimen, asunto que es menos conocido que el del escape de la represión política o la persecución religiosa.

Hace unos años se situó en el mapa para todo el mundo. Ciudad Juárez. De gran importancia como centro industrial en el Norte del país por la concentración de empresas maquiladoras, incluso en algunos momentos de la historia capital de México, es hoy por hoy la ciudad fronteriza por excelencia.

El escritor chileno Roberto Bolaño la utilizó bajo el nombre ficticio de Santa Teresa como escenario de su archiconocida y multipremiada novela 2666. Pero en ese momento ya era famosa principalmente por sus estadísticas de criminalidad y las cifras de homicidios, por la violencia contra las mujeres, por ser el epicentro de la actividad de los “narcos”, razones estas que la han llevado a ocupar las cabeceras de las noticias en numerosas ocasiones, o incluso a encabezar el ránking de las ciudades más inseguras del mundo (en términos por ejemplo de homicidios por cada 100.000 habitantes), por delante de San Pedro Sula de Honduras o de la capital venezolana. Razones que en tantas ocasiones y tan fácilmente nos llevan a tomar la parte por el todo.

Como comentaba Yolanda Ávila recientemente al hilo de una de las entradas anteriores, la violencia y la inseguridad son otra de las grandes razones que llevan a la gente a abandonar su lugar de origen en busca de un destino donde vivir. La violencia cala en la sociedad, su efecto en el sentimiento de la comunidad es alarmantemente pernicioso. En el caso de Ciudad Juárez y de México su influencia ha llegado a crear una subcultura musical, la de los narcocorridos, en la que sus cantantes ensalzan el prestigio y las acciones de los cárteles de la droga y en la que los “narcos” de los cárteles hacen las veces de mecenas, una corriente que puede llegar al mainstream, si no lo hizo ya, y suponer lo que el gangsta supuso para el rap en la década de 1990.

Narcocultura es un exitoso y atractivo documental que nos acerca a la realidad aquí expuesta, y lo hace a través de dos voces: la de uno de esos trovadores de la violencia, protagonista y estrella de una carrera sin sentido, y el de uno de los policías forenses que trabajan en la ciudad, cuya voz, tranquila y pausada, nos conmueve al transmitirnos la firme convicción de que, pese a todo, solamente puedes hacer tu trabajo en el intento de seguir adelante.

Ángel Polo




NO TODO EMPIEZA HOY

Hagamos un experimento mental. Pensemos en los “inmigrantes”, rápidamente, sin preparación ni alerta. A buen seguro que nos vienen a la mente imágenes de desvalimiento o desposesión, rostros que hemos visto o que nos figuramos, o asuntos más abstractos como la pobreza, la exclusión social, la desigualdad y la discriminación.

Olvidamos que en las migraciones hay muchas personas que se valen por sí mismas, se adaptan, muestran fortaleza física y mental, poseen cualificación y, en conjunto, son titulares de una elogiosa dote de recursos (en ocasiones, por encima de la de muchos nacionales). También olvidamos que las migraciones comprometen también otros asuntos: el intercambio, la confianza, el pluralismo, etc.

Sigamos con el experimento. A poco que uno pertenezca a una profesión de ayuda, tenga sensibilidad social o sea una buena persona (y se pueden reunir las tres condiciones al mismo tiempo), pensará en los problemas sociales de esas personas y en el modo de remediarlos.

¿Hay algo de malo en ello? Olvidamos que muchas de esas personas no serán nunca objeto de una intervención “social” (la que asoma tras todas aquellas imágenes y ese foco en los “problemas” sociales). La idea de que el mundo y lo que sucede o deja de suceder en él puede ser reducido a una lista de “problemas” y que cada problema tiene su solución, empobrece con frecuencia nuestra mirada.

Las migraciones son, no solamente una cuestión “social” (en realidad, hoy en día todo es “social”), sino un asunto político, ético y religioso que merece, junto al habitual, un acercamiento “filosófico” y una conversación menos técnica y menos apremiada por la búsqueda inmediata de soluciones. Un asunto, por otro lado, que tiene tanto o más que ver con la “condición humana” como con la condición de los inmigrantes.

Conviene ver, por otro lado, las migraciones en una larga línea del tiempo. Las migraciones de las últimas décadas introducen elementos nuevos en una larga conversación que no hemos dejado de mantener sobre los derechos y las obligaciones, las cualidades que se espera tenga el ciudadano, la participación, la identidad, la cooperación, la convivencia, la nación, la integración social, el mantenimiento de una sociedad libre y plural, etc. No olvidemos, además, que por esa “novedad” ya hemos pasado anteriormente.

Para la primera cuestión, visitemos a Johann Gottfried von Herder (1744-1803), filósofo, teólogo y crítico literario alemán cuyos escritos contribuyeron a la aparición del romanticismo alemán. Tenemos de él la presentación que hace uno de sus grandes intérpretes, el filósofo político Isaiah Berlin (1909-1997):

El pensamiento de Herder está dominado por el convencimiento de que entre las necesidades básicas de los hombres figura la de pertenecer a un grupo, una necesidad tan elemental como la de alimento o de procreación o de comunicación. Herder argumentaba […] con gran riqueza de ejemplos psicológicos e históricos, que toda comunidad humana tenía una configuración y un diseño únicos. Sus miembros nacían en la corriente de una tradición que conformaba su desarrollo emotivo y físico al igual que sus ideas. […]

Las ideas, el arte, las formas de vida, las actividades y costumbres humanas, tenían valor para los hombres (y debían tenerlo) no en función de criterios atemporales, aplicables a todos los hombres y a todas las sociedades, independientemente de la época y del lugar, como enseñaban las lumières francesas, sino porque eran suyos propios, expresiones de una vida local, regional, nacional, y les hablaban a ellos como no podían hablar a ningún otro grupo humano. […]

El universalismo, al reducirlo todo al mínimo común denominador que se aplica a todos los hombres en todas las épocas, privaba a vidas e ideales de ese contenido específico que era el único que les daba sentido.

Hoy reaparece esta preocupación, y no sólo bajo la forma de los nacionalismos contemporáneos (que en España conocemos bien), sino bajo diferentes denominaciones en el contexto de unas sociedades que se han vuelto más plurales con la llegada de un significativo contingente de extranjeros.

Lo importante es darnos cuenta de que estamos hablando de lo mismo. Los escritos de Herder no lo fueron en respuesta a la llegada de inmigrantes; se publicaron, por supuesto, antes de la formulación de cualquier política de la identidad, el reconocimiento o el multiculturalismo, que son las respuestas contemporáneas que algunos autores proponen para la defensa de las culturas minoritarias en el seno de una sociedad, que estudiaremos en su momento en el máster.

Acudamos ahora al británico Terry Eagleton (nacido en 1943), un teórico de la literatura y crítico literario. Él publicó en 2008 un libro titulado Trouble with Strangers: A Study of Ethics, en el que recorría la manera en que los pensadores desde el siglo XVIII se han planteado cómo acercarse a los “extraños” y qué les debemos y por qué. Los “extraños” (strangers) son las personas a las que no conocemos, aquellas a quienes no nos atan obligaciones familiares, de amistad, locales o contractuales. Por este libro transitan los ilustrados escoceses, Kant, Schopenhauer y Levinas, entre otros muchos, cada uno con su propia respuesta.

Hoy volvemos a hablar de lo mismo, pues ¿qué es un extranjero sino un radical extraño para nosotros? Las respuestas vuelven a ser muchas. Lo importante es que nos demos cuenta de que con la inmigración de las últimas décadas no hemos cambiado de conversación. Como mucho, hemos introducido elementos nuevos en ella. La gran cuestión ética (en dar una respuesta a “qué hacer” con los extraños, consiste la ética, al menos para Eagleton) sigue en pie, en un contexto, si se quiere, diferente, y con presiones que tal vez no nos dejen tener una sosegada, paciente y tolerante conversación.

Cuando, por otro lado, decimos que por esta “novedad” ya hemos pasado, ¿estamos pensando en los períodos anteriores de migraciones masivas y en el desplazamiento de impensables contingentes de población de unos territorios a otros tras, por ejemplo, cada una de las dos Grandes Guerras, por hablar solamente de Europa? Sí, en parte sí. No podemos empezar un máster de estas características como si el hoy hubiera empezado ayer mismo. Ya hemos pasado por ahí, con bastante más coste humano y sufrimiento que los actuales. Podemos aprender del pasado.

Pero hay otra razón, menos evidente de por sí. Los elementos nuevos que introduce el hecho migratorio no son, en naturaleza y número, muy diferentes de los que trajeron la industrialización, la mundialización de la economía en el período de entreguerras, la urbanización y, en particular, la aparición de las megalópolis, la cultura de masas, etc. Todas estas transformaciones obligaron a los Estados y sus sociedades civiles a repensarse y adaptarse.

Hemos dejado atrás las grandes turbulencias y las enormes transformaciones y, con olvido de la historia, que ya no se enseña o se enseña mal en las escuelas, afrontamos desarmados y temerosos cualquier cambio, sin referentes. Las respuestas van desde el repliegue defensivo hasta el salto más universal, el que quiere disolver las fronteras y que empecemos de nuevo la partida. Conectar bien con esa larga conversación y poner los pies en la historia quizá nos ayude a encontrar soluciones intermedias, híbridas, equilibradas, menos defensivas y menos ideológicas, menos “puras” también. No podemos esperar una solución única ni final. El tiempo, el estudio, el encuentro con los otros y la lectura paciente nos ayudarán, como individuos y como sociedad, a ir inventando el futuro sin esa sensación de que “todo empieza hoy”.

Rafael Aliena

 

Fotografía: Terry Eagleton, mencionado en el texto (fuente).




EL CONCIERTO VA A EMPEZAR

El nuestro es migracionesyciudadania, un blog vinculado a una oferta de formación universitaria online. ¿Por qué arrancamos con este vídeo tan poco –dirán algunos– académico? Manejaremos varios registros y uno de ellos será el de la cultura popular. Nos gustan las historias y huimos de la abstracción excesiva, esa que nunca deja ver de qué hablamos. Miramos fuera de casa: Francia, Estados Unidos, Asia. Nos interesa mucho la multiculturalidad. ¿Es posible? ¿Cuánta? ¿Qué hacemos con ella? ¿Cómo la manejamos? ¿Qué será de nosotros? ¿Cómo cambiarán ellos nuestra sociedad? Junto a los grandes autores, nos interesan las voces del día a día, a veces espontáneas, con frecuencia menos encorsetadas y temerosas de la censura o el ostracismo. Nos gusta –y ésta sería una última razón– la música, de Bach al rap. migracionesyciudadania tendrá ese “ruido” de acompañamiento.

La historia de Abd Al Malik tiene mucho de lo que apreciamos. Emigrado congoleño en los barrios de vivienda social de Estrasburgo, se crió rodeado de hermanos y sin padre en casa. Coge el ascensor social y progresa gracias al estudio. Publica poesía y edita discos de éxito, en los que funde materiales varios, entre ellos, la vieja chanson francesa (Jacques Brel) y la música clásica (Berlioz). Va a la televisión, escribe libros y opina sobre las revueltas en la banlieu. Católico de bautismo, se convierte al sufismo, una versión mística del islam. Elige a Camus, también pobre, sin padre, un extraño en París, otro chico salvado gracias a la escuela. Bebe de él; hace suyo a un héroe de la République Française. ¿Es Abd Al Malik un éxito de la integración ciudadana? ¿Qué aprendemos con él?

Hilaremos hebras, ahora con Abd Al Malik, luego con Camus, más tarde con este y con aquel. Quien quiera, en el futuro, recogerá madejas. No nos va el picoteo. Viajamos con los autores, llevamos sus libros en el alma y queremos meternos en ellos tanto como deseamos compartir aquí lo que aprendemos. Con Malik ponemos la primera semilla. Nuestros interrogantes irán siendo contestados.

Nuestro concierto durará años. Malik consumió menos de dos horas en el Théâtre du Châtelet, en París, el 16 de diciembre de 2013 (versión completa, tras el anuncio, cortesía de francetv; no panic: al comienzo hay unos segundos en negro).

Rafael Aliena